Opinión

Vulnerabilidad

Por: Yovana Cárdenas Lino

Desde Lima-Perú para La Nación de Guayaquil-Ecuador

 

Hace poco viajé a Piura, a Catacaos. Allí, en una conversación con miembros de la comunidad y representantes de la Iglesia, escuché relatos que difícilmente pueden dejar indiferente a alguien. Hablaban de niños y adolescentes expuestos a situaciones de violencia, acoso y otras formas de abuso; de menores que, por su edad, por las condiciones en las que viven o por la falta de adultos que los acompañen permanentemente, se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.
Lo que más me llamó la atención no fue solamente la gravedad de los casos. Fue escuchar cómo esa vulnerabilidad se ha ido convirtiendo en parte de la vida cotidiana de muchos niños.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿en qué momento dejamos de garantizar que un niño pueda sentirse seguro?
La infancia debería ser una etapa de protección, aprendizaje y descubrimiento. Sin embargo, para muchos niños y jóvenes del país, crecer significa también aprender demasiado pronto a enfrentar situaciones que ningún menor debería vivir.
La pobreza profundiza esa vulnerabilidad. Un niño que crece en un hogar con carencias económicas, que pasa muchas horas solo porque sus padres deben trabajar, que vive en un entorno marcado por la violencia o que no cuenta con espacios seguros tiene mayores dificultades para defenderse y pedir ayuda.
Pero hoy existe otra dimensión que no podemos ignorar: la vulnerabilidad también está detrás de una pantalla.
Las redes sociales han cambiado la manera en que nuestros hijos se relacionan. Un teléfono permite comunicarse, estudiar y acceder a información, pero también puede convertirse en el espacio donde un acosador intenta acercarse a un menor, ganarse su confianza, manipularlo o amenazarlo.
Y lo más preocupante es que muchas veces los adultos no lo sabemos.
Por eso, hoy más que nunca, ser padres también significa estar atentos al mundo digital de nuestros hijos.
No se trata solamente de revisar un celular. Se trata de conversar. De generar confianza. De conocer qué plataformas utilizan, quiénes forman parte de sus contactos y qué contenidos consumen. Pero, sobre todo, de conseguir que un niño o un adolescente sepa que puede contar lo que le ocurre sin miedo a ser juzgado.

Porque cuando un menor tiene miedo de hablar, el agresor tiene una ventaja.
La responsabilidad, sin embargo, no puede recaer únicamente en los padres.
También debemos preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad. ¿Qué hacen las escuelas cuando detectan señales de alerta? ¿Qué mecanismos existen para denunciar? ¿Qué tan preparados están nuestros servicios de protección? ¿Cómo actúan las plataformas digitales? ¿Y qué responsabilidad asumimos los medios de comunicación cuando informamos sobre una víctima menor de edad?
Un niño que ha sido víctima de violencia no puede convertirse nuevamente en víctima cuando su historia es expuesta sin cuidado.
En Catacaos también entendí algo importante: la protección de los niños no puede ser una tarea aislada.
La comunidad tiene un papel. Las instituciones tienen un papel. La Iglesia tiene un papel. Y la familia, por supuesto, tiene una responsabilidad fundamental.
Desde la fe cristiana, la defensa de los pequeños no es una cuestión secundaria. Jesús fue particularmente claro al respecto. En el Evangelio de Mateo advierte:
“Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar”.
Mateo 18, 6
El mensaje es claro: los niños deben ser acogidos, protegidos y respetados en su dignidad.
Y hay una frase del Evangelio que quizá resume mejor que ninguna otra nuestra responsabilidad frente a quienes son más vulnerables:
“Todo lo que hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicieron”.
Mateo 25, 40
Los niños de Catacaos no son una realidad distante. Tampoco lo son los niños de Piura, de Lima, de la Amazonía, de las zonas rurales o de cualquier barrio del país.
Cada uno de ellos representa una responsabilidad que no podemos delegar.