“En el nombre del Padre”
Por: Gioconda Juez/Wuanplus tv
Guayaquil
En el nombre del Padre…
Así comienzan las oraciones, pero no todas las vidas.
Algunas nacen sin ese nombre, sin esa sombra protectora que cuida, que enseña, que abraza.
Algunas, como la mía, crecieron con un vacío donde debía haber reposado la voz más dulce del mundo.
Crecí mirando los rostros de los demás, tratando de adivinar cómo sería el mío si hubiera tenido un padre.
Imaginé su risa, su olor, su manera de llamarme por un diminutivo que nadie inventó.
Fingí que lo tenía, porque a veces, para sobrevivir, uno inventa lo que necesita.
Y así caminé, con la ilusión de un abrazo que nunca llegó.
No tener padre es vivir con una pregunta que no se apaga.
Es mirar a los hombres buscando una ternura que nadie te enseñó a recibir.
Es aprender a sostenerte sola, aunque por dentro tiemble siempre la niña.
Esa que miraba al cielo esperando que, entre las nubes, alguien la reconociera.
He visto hijas renegar de sus padres y me entristece.
Ellas no saben lo que significa crecer sin esa voz que te diga “estoy orgulloso de ti”. “No te preocupes, todo se solucionará”. “Cuenta conmigo, yo te apoyo” y tantas otras como consultarle o preguntar su opinión o solo un abrazo silencioso que significa tanto.
Yo habría dado mi vida por escuchar esas palabras, solo una vez.
Por sentir esa mano en mi cabeza, ese refugio que nunca tuve.
Pero un día comprendí que el amor también puede nacer del vacío.
Que la ausencia puede transformarse en fuerza, que el silencio también enseña.
Y a amar la idea de un padre que nunca me sostuvo, pero cuya falta me hizo más valiente.
A veces, cuando la vida pesa, cierro los ojos y susurro su nombre inventado.
Le hablo como si existiera, como si me escuchara desde algún rincón del universo.
Le cuento mis logros, mis miedos, mis batallas.
Y en ese instante, por un segundo, siento que me abraza el aire,
que una presencia invisible me acaricia el alma,
y que la niña que fui, por fin, puede descansar.
Porque quizá el amor de un padre no siempre llega en carne y hueso.
A veces llega en forma de fuerza, de intuición, de voz interna que te dice “sigue”.
Y entonces comprendo, con gratitud y con calma que no importa si nunca lo tuve…
porque de su ausencia aprendí a ser mi propio padre y de su silencio, a no rendirme jamás.
