EL NEGOCIO DE LA PAREJA
María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil
¿Y si empezáramos a mirar el matrimonio como una empresa?
Sí, ya sé… más de uno estará pensando: “¡Qué comparación tan poco romántica!”. Pero, pensándolo bien, quizá no sea tan descabellada.
Porque cuando dos personas deciden compartir la vida, también están formando una sociedad. Una sociedad en la que existen dos ejecutivos: dos personas con autoridad, responsabilidades, sueños, proyectos, diferencias y, por supuesto, problemas que resolver.
Y aquí viene lo interesante: ¿qué ocurre en una verdadera mesa ejecutiva cuando aparece un problema?
¿Se gritan los socios?
¿Se insultan?
¿Uno abandona la sala dando un portazo?
¿Se amenaza con cerrar la empresa porque no están de acuerdo?
¡Por supuesto que no!
En una mesa ejecutiva se pone el problema sobre el tapete, se escuchan las diferentes posiciones, se analizan alternativas, se buscan soluciones y, finalmente, se toma la decisión que consideran más conveniente para la empresa.
Y si el acuerdo se alcanza, muchas veces termina con algo tan sencillo como un apretón de manos.
Entonces, ¿por qué no hacemos lo mismo en la pareja?
¿Por qué cuando aparece un problema, en lugar de sentarnos en nuestra propia “mesa ejecutiva”, convertimos el hogar en un campo de batalla?
¿Por qué levantamos la voz?
¿Por qué queremos tener la razón en lugar de encontrar una solución?
¿Por qué alguien tiene que salir de la casa, abandonar la conversación o amenazar con terminarlo todo?
Tal vez hemos olvidado algo fundamental: en una sociedad no se trata de que uno gane y el otro pierda. Se trata de que la empresa sobreviva, crezca y prospere.
Y en el matrimonio debería ocurrir exactamente lo mismo.
Porque aquí no se trata de pensar solamente como pareja. Hay que comenzar a pensar que esta unión, esta fusión de dos vidas, es quizás el negocio más importante que tenemos que aprender a administrar, cuidar y salvar.
Y como en cualquier negocio, el activo más importante no siempre es el dinero.
El mejor activo es cómo haces sentir a las personas.
Y esto adquiere una dimensión enorme dentro de una pareja.
Puedes tener una casa hermosa, una cuenta bancaria saludable, viajes, comodidades y muchas cosas materiales; pero si dentro de esas cuatro paredes no existe tranquilidad, confianza, respeto y seguridad emocional, la empresa puede estar aparentemente funcionando mientras por dentro comienza a quebrarse.
Por eso, no gana quien más lo intenta.
Muchas veces gana quien deja de jugar el mismo juego que juega el resto.
Mientras unos compiten por atención, otros construyen algo imposible de ignorar.
Mientras muchos repiten fórmulas aprendidas desde su infancia, unos pocos se atreven a cuestionarlas y a construir las suyas propias.
Mientras la mayoría busca encajar, quienes realmente crecen buscan destacar, aunque a veces incomode.
Porque la diferencia real no siempre está en el esfuerzo.
Está en el enfoque.
La mayoría consume contenido, escucha consejos, habla de cambios y espera que algo suceda.
Pero unos pocos deciden cambiar su realidad.
Y muchas veces no hace falta un esfuerzo extraordinario. Hace falta algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: cambiar de actitud.
Dejar de alimentar el ego.
Dejar de pensar únicamente en el “yo”.
Porque cuando en una pareja cada uno está ocupado defendiendo su propio ego, la relación se convierte en una competencia.
¿Quién tiene la razón?
¿Quién cedió más?
¿Quién hizo más?
¿Quién se sacrificó?
¿Quién debe pedir perdón?
Y mientras ambos llevan las cuentas, la relación empieza a perder.
En cambio, cuando desaparece el ego y aparece el “nosotros”, cambia completamente la manera de enfrentar los problemas.
Ya no se trata de “yo contra ti”.
Se trata de “nosotros contra el problema”.
¡Qué diferencia tan grande!
Y esto no es motivación.
Esto es darle valor a la relación, tomar responsabilidad sobre ella y darle algo propio a esa estabilidad emocional que toda pareja necesita construir.
Y para construirla se necesitan bases firmes:
confianza y respeto.
La confianza es una autoridad dentro de la pareja.
Cuando existe, no hace falta vigilar, perseguir, controlar ni pedir explicaciones por cada movimiento.
Porque la libertad de actuar no tiene precio.
Pero libertad no significa indiferencia.
Significa saber que puedo ser yo mismo, tomar decisiones, desarrollar mis capacidades y vivir mi vida con tranquilidad porque sé que existe una persona al lado que me respeta, me valora y confía en mí.
Y ese empoderamiento debe ser mutuo.
Dentro de una pareja debemos recordar que somos damas y caballeros, y nuestro comportamiento debería estar a la altura de esos membretes.
No importa cuánto tiempo llevemos juntos.
No importa si somos jóvenes o llevamos cuarenta años de matrimonio.
El respeto no envejece.
La caballerosidad no pasa de moda.
Y la consideración hacia quien comparte nuestra vida debería ser una decisión diaria.
El respeto y el empoderamiento van de la mano, pero deben caminar en ambos sentidos.
Y hay algo más que también forma parte de esta sociedad: el dinero.
El dinero dentro de una pareja debería ser visto como una inversión estratégica en la empresa común, no necesariamente como una herramienta de poder.
Cada uno puede tener habilidades diferentes para administrarlo, invertirlo, gastarlo o hacerlo crecer.
No todo tiene que ser idéntico para ser justo.
Lo importante es que exista claridad, confianza, responsabilidad y un objetivo común.
Porque en la convivencia no solamente se buscan comodidades.
Se busca tranquilidad.
Se busca confianza.
Se buscan soluciones.
Y aquí aparece una frase que seguramente muchos hemos escuchado:
“¿Por qué no puedes resolverlo como lo hacía mamá?”
¡Ah, esa comparación!
Pero quizá llegó el momento de entender que ya no somos niños esperando que mamá resuelva las cosas sin complicaciones.
Ahora somos adultos construyendo nuestra propia empresa emocional.
Y nos corresponde aprender a resolver.
Resolver los problemas al instante evita que los pequeños inconvenientes se conviertan en grandes quejas.
Porque una gotera pequeña que no se atiende termina dañando el techo.
Y una molestia pequeña que nunca se conversa termina convirtiéndose en resentimiento.
La acción rápida también es una forma de lealtad.
Porque cuando algo afecta a nuestra pareja y actuamos para solucionarlo, estamos diciendo sin palabras:
“Me importas.”
“No quiero que esto crezca.”
“Quiero que estemos bien.”
Y quizá de eso se trate realmente el amor maduro.
No solamente de corregir errores.
Se trata de crear momentos que tu pareja jamás olvide.
Momentos pequeños.
Una palabra a tiempo.
Un abrazo inesperado.
Una llamada.
Una disculpa sincera.
Un detalle.
Una decisión tomada pensando en el otro.
Una sorpresa.
Una mano extendida cuando el día ha sido difícil.
Porque son esos momentos los que van construyendo algo mucho más poderoso que cualquier contrato:
la admiración.
Y cuando tu pareja te admira, te respeta y confía en ti, puede convertirse en tu fan incondicional.
No porque seas perfecto.
Sino porque sabe quién eres, conoce tus errores, ha visto tus luchas y, aun así, decide seguir apostando por ti.
¿No es eso lo que hacemos los buenos socios?
Apostamos por el proyecto incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Empujamos la carreta cuando pesa.
Buscamos alternativas cuando el camino se cierra.
Y si una estrategia no funciona, cambiamos la estrategia.
Lo que no hacemos es destruir la empresa cada vez que aparece un problema.
El matrimonio tampoco debería funcionar de otra manera.
No se trata de no tener problemas.
Se trata de aprender a resolverlos.
No se trata de nunca discutir.
Se trata de aprender a discutir sin destruir.
No se trata de pensar igual.
Se trata de respetar las diferencias.
No se trata de ganar una discusión.
Se trata de no perder la relación.
Y quizá aquí esté una de las claves más grandes:
Hay que aprender a buscar el lado bueno de las cosas.
Y si algo parece malo, buscar dónde está ese pequeño punto bueno que todavía podemos rescatar.
Porque casi siempre existe una posibilidad.
Una enseñanza.
Una oportunidad para mejorar.
Una nueva manera de hacer las cosas.
Una conversación que no habíamos tenido.
Una solución que todavía no habíamos visto.
Por eso, si alguna vez sentimos que nuestra “empresa matrimonial” está atravesando una crisis, quizá antes de pensar en cerrar la compañía deberíamos hacer algo mucho más sencillo:
sentarnos en la mesa ejecutiva.
Mirarnos a los ojos.
Poner el problema sobre el tapete.
Escucharnos.
Analizar.
Proponer alternativas.
Elegir juntos la mejor solución.
Y después…
dar ese maravilloso apretón de manos.
Porque al final, los grandes negocios no se construyen porque nunca tengan problemas.
Se construyen porque sus socios deciden no abandonar el negocio cuando llegan los problemas.
Y quizás el matrimonio sea exactamente eso:
dos personas empujando la misma carreta, no una contra la otra.
Dos ejecutivos.
Dos voluntades.
Dos historias.
Dos mundos diferentes.
Pero una sola empresa.
La empresa de sus vidas.
Y esa sí…
vale la pena salvarla, fortalecerla y hacerla prosperar.
