Buenas noticias vs. malas noticias
María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil
Buenos días de Dios, queridos lectores.
Gracias por ser parte de ese mundo invisible que, con vuestros ojos, recorre, lee y disfruta nuestros artículos. Gracias. Muchas gracias.
Gracias a Dios por una nueva semana.
Gracias por el aire gratis que nos permite respirar.
Gracias por un nuevo día.
Y gracias porque hay tanto por agradecer que, muchas veces, simplemente olvidamos hacerlo.
Por ejemplo, estamos olvidando agradecer por las buenas noticias de nuestro país.
Sí, buenas noticias. Porque mientras una parte de nosotros permanece atrapada en el discurso de la tragedia, la inseguridad, la corrupción y las carencias, también hay ecuatorianos que trabajan, producen, emprenden y luchan todos los días por sacar adelante a sus familias y a nuestro Ecuador.
Hay que reconocer lo que se está haciendo bien.
Avanzar hacia un superávit en la balanza comercial es una buena noticia.
Los esfuerzos por recuperar el control frente a la delincuencia común son una buena noticia.
Los miles de ecuatorianos que emprenden, crean negocios, generan empleo y buscan salir adelante con su propio esfuerzo son una buena noticia.
Combatir la corrupción y exigir que quienes han abusado de los recursos públicos respondan ante la justicia también es una buena noticia.
La construcción y recuperación de infraestructura, incluidas nuestras carreteras, es una buena noticia.
Fortalecer la seguridad nacional es una buena noticia.
Y si creemos que Dios acompaña nuestros caminos, también podemos agradecerle por cada pequeño paso que nos acerque a un país más seguro, más próspero y más ordenado.
¿Por qué hablamos solamente de lo malo?
Comencemos a conversar más sobre las cosas positivas y dejemos de lado esa mala costumbre de mirar y expresar únicamente lo negativo.
Esto también va para los reporteros, periodistas, editores, jefes de redacción y canales de televisión: no todo puede convertirse en una competencia por ver quién presenta la noticia más cruel, criminal o morbosa.
Claro que debemos informar sobre los problemas. Claro que debemos denunciar lo que está mal. El periodismo tiene esa responsabilidad.
Pero también existe una responsabilidad con la esperanza de la gente.
Un país que escucha todos los días que todo está mal termina creyendo que realmente todo está mal.
Y cuando una sociedad pierde la esperanza, pierde también buena parte de su capacidad para construir.
Por eso debemos aprender a mirar las dos caras de la moneda.
No se trata de tapar los problemas. Se trata de no permitir que los problemas sean lo único que vemos.
Cambiemos nuestra manera de hablar
Acostumbrémonos a responder:
—Estoy muy bien, gracias a Dios. Y mañana estaré mejor.
No porque ignoremos las dificultades, sino porque decidimos no entregarles nuestra esperanza.
Dejemos atrás esa mentalidad de carencia permanente, ese “yo soy pobrecito”, ese “a mí todo me sale mal”, ese “este país no tiene futuro”.
¡Despabilémonos!
Tenemos un país extraordinario. Tenemos gente trabajadora, creativa, emprendedora y capaz. Tenemos recursos, tenemos talento y, sobre todo, tenemos la posibilidad de cambiar aquello que todavía no funciona.
No podemos vivir eternamente quejándonos.
Es hora de levantar la cabeza.
Es hora de trabajar.
Es hora de agradecer.
Es hora de cantar, reír y bailar.
Es hora de recuperar las buenas energías.
Y, como decía nuestro querido Polito Baquerizo cuando quería despertar el entusiasmo de todos:
¡ANIMOOOOOO!
Porque sí, queridos lectores:
también tenemos derecho a celebrar las buenas noticias.
Y quizás, si comenzamos a buscarlas, a contarlas y a agradecerlas, descubriremos que hay muchas más de las que creíamos.
Dios bendiga al Ecuador.
