Opinión

Setenta y un años después

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Hoy cumplo 71 años.
Y mientras muchos cuentan el tiempo en arrugas, dinero o nostalgias, yo lo cuento en batallas.

Batallas perdidas.
Batallas ganadas.
Batallas que jamás debieron librarse.
Y otras que volvería a pelear aunque supiera de antemano la derrota.

A los 71 años uno descubre que el mundo no está gobernado por los más sabios, sino muchas veces por los más ambiciosos; que la bondad suele caminar descalza mientras la maldad viaja escoltada; que los hombres pueden construir catedrales y al mismo tiempo fabricar cementerios.

He visto el cinismo disfrazarse de democracia.
La traición vestirse de lealtad.
La mediocridad coronarse de poder.
Y también he visto a madres pobres criar hijos nobles en medio del hambre; soldados morir abrazados a una bandera; hombres sencillos compartir el pan que los ricos jamás compartirían.

Por eso no me arrepiento de haber pensado como pienso.

No vine a este mundo para arrodillarme ante los poderosos ni para aprender el arte miserable de la conveniencia. Vine a decir lo que creo, aunque incomode; a defender causas perdidas, aunque el precio fuese la soledad; a conservar intacta la capacidad de indignarme frente a la injusticia.

Porque el día que un hombre deja de indignarse, comienza lentamente a morir.

Pero si algo agradezco profundamente en esta vida, es el amor.

El amor silencioso y paciente de mi esposa.
El amor de mis hijos y mis nietos, que han sido testigos mudos de mis largas ausencias aun estando presente; de mis horas perdidas entre pensamientos, lecturas, escritos y batallas que muchas veces no dejaron más recompensa que el cansancio del alma.

Ellos también pagaron el precio de mis obsesiones, de mis luchas interiores y de esta necesidad irreductible de intentar comprender al hombre, al poder, la historia y sus miserias.

Y aun así permanecieron allí.

Por eso, si alguna riqueza verdadera poseo después de 71 años, no está en reconocimientos ni victorias, sino en haber amado y haber sido amado por quienes caminaron conmigo incluso cuando yo mismo parecía distante del mundo.

Y también agradezco a Dios.

No desde la solemnidad de los templos ni desde el fanatismo religioso, porque nunca fui hombre de demasiadas liturgias. Pero sí desde una relación íntima, silenciosa y profunda con ese Ser infinito que siento junto a mí en cada segundo de mi existencia; en los días luminosos y también en las noches más oscuras del espíritu.

Hay quienes dicen que el hombre nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere.

En mi caso, aprendí demasiado temprano la dureza de la vida. Comprendí que existir implica luchar, perder, levantarse, amar y despedirse. Y respecto a la muerte, nunca la vi como enemiga, sino como una verdad inevitable; una estación final del viaje que llega porque llega.

Quizá por eso intento mirar el tiempo sin miedo.

Hoy cumplo 71 años y no tengo la arrogancia de creerme sabio.
Pero sí tengo la certeza de haber vivido sin prostituir completamente el alma.

He cometido muchos errores.
Más de los que hubiese querido.

He dicho palabras duras.
He librado guerras inútiles.
He dejado que la intensidad de mis pensamientos me robara, por momentos, la dulce conciencia de lo hermoso que era simplemente vivir.

Y tal vez de eso sí me arrepiento:
de no haber abrazado más,
de no haber contemplado suficiente el milagro sencillo de una tarde cualquiera,
de no haber entendido antes que la vida también era el café compartido, la risa de un nieto, la mirada serena de la mujer amada, el cielo silencioso después de la tormenta.

Porque al final uno descubre que la existencia no se sostiene solamente en las grandes ideas, sino también en esos pequeños instantes donde el alma descansa y comprende que todavía vale la pena estar vivo.

No sé cuánto tiempo me quede.
Pero mientras exista un poco de fuego en mi espíritu, seguiré creyendo en la dignidad, en la ternura y en la posibilidad de que el ser humano venza su propia oscuridad.

Y cuando llegue la hora final, quisiera partir sin odio.

Como un hombre cansado quizá, lleno de cicatrices y contradicciones, pero todavía capaz de mirar el universo con asombro.

Porque después de todo, vivir intensamente —con errores, heridas, amores y esperanzas— sigue siendo el privilegio más extraordinario que Dios concedió a los hombres.

Semper Fi.