Opinión

Ya no quiero ser médica. Ya no puedo con la pandemia y el egoísmo.

Son las 4:00 de la madrugada. Llevo 19 horas trabajando en la zona de Urgencias del hospital y la sala de espera aún está llena. Han pasado casi dos años desde el inicio de la pandemia por COVID-19 y en España estamos en medio de la sexta ola, pero tampoco han parado de venir los pacientes con las enfermedades de siempre.

Entro a visitar al siguiente: 34 años, viene porque ha tenido febrícula esta mañana, ha estado en una fiesta hacinado sin mascarilla y ha decidido no vacunarse porque leyó algo en redes sociales y no se considera un individuo de riesgo. Dice que habría venido antes, pero que el tiempo de espera era demasiado y a estas horas es todo más expedito.

No le gusta que le explique, a las 4:00 de la madrugada y con cara de no poder más, que la PCR podría ahora darnos un resultado negativo, cómo funciona el mecanismo inmunológico de replicación viral o que posiblemente haya que esperar. No solo su cara dice que no le gusta. Me lo reclama. Mi trabajo está pagado con sus impuestos, dice. Soy personal sanitario y es mi deber atenderle cómo y cuando él considere. Me amenaza con introducir una reclamación por mi atención mediocre. Me acusa de discriminarle por haberle interrogado sobre su estado de inmunización. Levanta la voz. Ahí dejo de escuchar.

Me refugio en mi interior, como tantas otras veces ha ocurrido ante los episodios más oscuros de mi corta carrera. Como cuando estaba de guardia en Venezuela, en las noches caraqueñas, y recibíamos tantos muertos por heridas de bala. Como cuando debía dar la noticia de una muerte, paliar el sufrimiento de un anciano desahuciado, mantenerme fuerte al recibir el agradecimiento de un superviviente. Esta vez en mi refugio solo escucho estas palabras: “Ya no quiero ser médica”.

Hasta marzo de 2021, la pandemia había dejado al menos 17,000 muertes de personal sanitario en todo el mundo. En España, al menos 112: una muerte cada tres días. Estas cifras no alcanzan a narrar el repunte de patologías mentales, síndrome de burn out o suicidios. No se trata solo del desprecio sostenido de la población, que se contrapone a la hipocresía de los aplausos que se nos brindaba al inicio de la cuarentena, sino de la sensación persistente de indefensión e injusticia ante un sistema inhumano de contrataciones precariassueldos de hambre y explotación, además de la naturaleza del ejercicio sanitario, tan cargado de dilemas éticos.

Esta es una derrota ante la oscuridad de la ignorancia voluntaria, ante la indisposición de la gente para escuchar y comprender, para cuidarse y cuidar de los demás. Hay una pérdida de sentido en cuidar —incluso de sí mismo, vaya absurdo paternalista— a quien no quiere ser cuidado, y de sostener continuamente al privilegiado que se da el lujo de vivir en negación. También en la discusión sobre la universalidad de la atención sanitaria, la cual es conceptualmente incompatible con la vocación médica: es una aberración —filosófica, legal y ética— forzarnos a los médicos a discutir algo que corresponde a gestores sanitarios, economistas o políticos.

Nos hemos convertido en los tontos útiles y los chivos expiatorios de un sistema político que no ha tenido capacidad de tomar estas decisiones incómodas, comprometedoras y desagradables que este tiempo de crisis ha ameritado, un reflejo impecable de la ciudadanía a quien representa.

Formarme como médica me ha tomado cerca de 20 años y llevo 10 de ejercicio profesional. No sé hacer otra cosa. Pero he perdido ya la salud, la ilusión y parte de mi identidad. He hecho lo posible por seguir, pero ya no puedo más. Me pregunto con tristeza, por mí misma y por los míos, quién seguirá dispuesto a hacer este trabajo sucio y desvirtuado. Qué podría hacerse para evitar o al menos frenar la pérdida de personal sanitario alrededor del mundo. No se me ocurre nada. Solo, para empezar, que si vas a seguir ciego voluntariamente, por lo menos no vayas a la sala de Urgencias a las 4:00 de la madrugada.