Opinión

Vuelve la conga a América Latina

Sergio Muñoz Bata

Diario El Nuevo Herald de Miami

La semana pasada en Venezuela, cientos de miles, sino un millón de ciudadanos, tomaron las calles de Caracas para protestar contra el desgobierno de Nicolás Maduro. La respuesta del delfín de Hugo Chávez y su camorra fue predecible: más encarcelamientos, más detenciones, bloqueos de autobuses, creación de retenes, cierre de rutas del metro, prohibición a las televisoras de cubrir la manifestación, expulsión de corresponsales extranjeros, prohibición de vuelos de drones que pudieran documentar la magnitud de la marcha. Pero de nada valió, la gente salió a la calle a manifestar su repudio al régimen de la misma manera que antes había acudido a las urnas para ganar la mayoría en la Asamblea Nacional.

Otro ejemplo del avance de la sinrazón en el continente sucedió en México cuando la torpeza, el pésimo olfato político y la imperdonable falta de dignidad del presidente Enrique Peña Nieto le dieron legitimidad y estatura de jefe de estado al patán estadounidense que lleva un año insultando a todos los mexicanos. Al recibirle en la casa presidencial unas horas antes de que pronunciara su más intolerante discurso en contra de los inmigrantes de color, Peña Nieto ha ofendido a los mexicanos y disminuido su ya pequeña estatura. En cuanto a Trump, espero que guarde en un cajón de oropel su primera y última fotografía mostrándole como casi-jefe de estado.

La tercera sinrazón de la semana sucedió en Brasil donde se consumó la remoción de la presidenta Dilma Rousseff en lo que muchos describen como “un golpe de estado legislativo” y otros consideran un “juicio político legal” basado en dos premisas muy débiles. El “crimen de responsabilidad” del que se le acusa por haber maquillado el gasto del gobierno antes de las elecciones es grave pero menor comparado a los casos de corrupción de sus acusadores. El 60% de los legisladores que le acusan han sido oficialmente acusados o están siendo investigados por actos de corrupción. De cualquier modo, maniobrar políticamente para destituir a una presidenta electa democráticamente en una región donde el estado de derecho es “una vaga y confusa realidad”, es preocupante.

En medio del desolador panorama latinoamericano, Colombia ha dado importantes pasos para volver a la razón con la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las FARC. Los acuerdos deben ser refrendados por la ciudadanía en un plebiscito que se celebrará el 2 de octubre pero según las encuestas la inmensa mayoría de los colombianos piensa que la negociación es la mejor manera de resolver un conflicto que lleva más de medio siglo. También indican que la mayoría votará por el sí en el plebiscito. Llegar a esta etapa no ha sido nada fácil y todavía hoy quedan dudas. Sobre todo en lo referente al castigo que merecerían los responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Y aunque es cierto que los acuerdos no son perfectos, ofrecen la mejor oportunidad de disminuir y eventualmente acabar con la violencia, las desapariciones, las migraciones forzadas y los horrores de una guerra que se ha prolongado por más de medio siglo. Al menos en Colombia, hoy, existe una enorme posibilidad de que predomine la razón.

Y mientras revive la conga cubana de los 30 en el continente americano con unos pasitos para atrás y otros pa’delante, el Dr. Abraham Lowenthal ha publicado un artículo en la revista Foreign Policy proponiendo una fórmula para sacar a Venezuela del hoyo negro en el que se encuentra. Su argumento central es que si en Brasil, Chile, Polonia, España y otro lugares se han encontrado espacios y formas para establecer un diálogo y transitar a la democracia, no hay razón para que en Venezuela no se dé un proceso de diálogo, mediación y negociación, con la debida asistencia de la comunidad internacional.

Yo le tengo un enorme respeto a Lowenthal porque conozco la seriedad de sus trabajos sobre las transiciones democráticas en el mundo. No obstante tengo mis dudas de que la razón se imponga en el caso de Venezuela. Si fueran razonables, Maduro y su camorra entenderían que la mayoría del pueblo venezolano exige un referendo para decidir el futuro del país. El problema es que los chavistas viven de y en la sinrazón.

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