Opinión

VIRGEN DEL TRÁNSITO.

Ermel Aguirre González/Guayaquil

 

 

En el antiguo monasterio de Santa Catalina, en Quito, Ecuador, ocurrió un hecho que hasta hoy permanece envuelto en el misterio.

Todo comenzó cuando dos extraños escultores llegaron al claustro de las monjas de Santa Catalina.

Decían venir desde las lejanas tierras de Compostela, en España, y mostraban un talento extraordinario para el arte religioso;
agotados por el largo viaje, pidieron hospedaje a las religiosas y en agradecimiento, ofrecieron tallar una hermosa imagen de la Virgen María.

Sin embargo, impusieron una sola condición estricta: nadie debía abrir la puerta del taller hasta que la obra estuviera completamente terminada.

Las monjas aceptaron el trato y mantuvieron el compromiso durante varios días; pero desde el interior del cuarto cedido a los misteriosos y desconocidos personajes.

Por las noches,se escuchaban golpes de martillo, rezos en voz baja y extraños cánticos que resonaban en la madrugada.

La curiosidad crecía cada vez más entre las religiosas.

Finalmente, una noche, vencidas por la inquietud, decidieron abrir lentamente la puerta.

Al entrar, quedaron inmóviles, os escultores habían desaparecido sin dejar huella; pero en el centro de la habitación, iluminada por una luz tenue y sobrenatural, se encontraba la Virgen del Tránsito: perfecta, serena y de belleza incomparable.

Además, había un detalle inquietante: a la imagen le faltaban dos dedos de un pie. Desde entonces nació la leyenda de que aquellos escultores no eran hombres comunes, sino ángeles que abandonaron la obra cuando la promesa fue rota. Hasta hoy, la imagen conserva ese vacío como testimonio de un misterio jamás resuelto.