Opinión

¡Vergüenza electoral!

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

Cada vez es peor. Las organizaciones políticas y los candidatos se multiplican exponencialmente. Los ecuatorianos deben escoger, inclusive, entre algunos que exhiben desafiantes, con desparpajo y sin vergüenza (s), grilletes en sus tobillos (‘por sus obras los conoceréis’).

Amparados en un marco legal expresamente construido –por ellos mismos- para provocar un zafarrancho electoral (ruidosamente desordenado), en todo el país se mueven, nominan candidatos a las prefecturas, alcaldías y juntas parroquiales (también para ser miembros del Consejo de Participación Ciudadana), revelan sus “poderes divinos” para solucionar todos los problemas, no “comen ni duermen” por el bienestar popular; se auto elogian como “súper honestos e inmaculados” y de ser los “únicos” predestinados para servir a los demás.

El Ecuador, consecuente con los rebrotes del COVID y uno y otro caso del virus del mono, está envuelto en un epidémico proceso electoral. Centenares de candidatos (la mayoría, vivarachos, pícaros, maliciosos, con intenciones ocultas, etcétera del mismo tipo), han hecho su (re) aparición, sabiendo de su nula y ninguna posibilidad de obtener una dignidad. Pero, en concordancia con su catadura moral, sí son indignos al presentarse con el único propósito de fragmentar la votación, meterse unos cuantos dólares (del narcotráfico, lavado, mal habido) en los bolsillos, actuar como chimbadores y registrar una fotografía que los “acredite” como tales para adjuntarla a la hoja de vida.

La proliferación de candidaturas no hace otra cosa que confirmar la condición tercermundista del Ecuador, aunque eso disguste a algunos y tenga la aceptación de otros. Esto no tiene nada que ver con el derecho a la participación electoral. Se trata de la (mala) suerte del Ecuador, que se niega a un presente y un futuro mejores.

Que nadie se extrañe, porque “la experiencia no es accidente”: en mayo próximo, provincias, cantones y parroquias, con dignatarios con pésimos porcentajes de aceptación popular. ¡Qué locura!