Opinión

Venezuela está cerca de un cambio o de una nueva etapa en la tragedia

Tomás Straka es historiador y ensayista, director del Instituto de Investigaciones Históricas Hermann González Oropeza s.j. de la Universidad Católica Andrés Bello, en Venezuela.

Hace muchos años Venezuela evocaba entre los latinoamericanos la esperanza de una vida mejor. Entre la década de 1960 y mediados de la de 1990 tenía sentido una canción como la de Los caminos verdes, de Rubén Blades, que hablaba de personas que van “cruzando la frontera/pa’ salvarme en Venezuela”. Hoy son los venezolanos los que cruzan los “caminos verdes”.

Si alguna imagen evoca ahora el país, es la de los millones de migrantes que en autobús o a pie, recorren la distancia entre sus casas y el lejano Chile, o puntos intermedios como Colombia, Ecuador y Perú. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en los últimos años han salido de Venezuela unas seis millones de personas, lo que la convierte en la segunda crisis migratoria más grande del mundo, después de la de Siria.

Son la gorra y la mochila, como en general la migración, el síntoma de muchos fracasos juntos. El fracaso del ensayo socialista y de la oposición para crear una verdadera alternativa capaz de tomar el poder.

Al récord de migrantes, Venezuela suma otros números que son el verdadero combustible de aquellas multitudes que escapan del país: en diciembre de 2021 se celebró, después de años donde la hiperinflación llegó a alcanzar más de 200,000%, que la inflación anual fuera de “solamente 500%, de acuerdo a estimaciones del Fondo Monetario Internacional. Para 2022 las expectativas económicas varían de un 70% (Credite Suisse) a un 730% (Focus Economics). Diferencias tan grandes en los pronósticos indican que es muy difícil incluso entre los especialistas hacerse una idea precisa de la situación.

La crisis por la pandemia impulsó a que en 2021 se dieran virajes en aspectos clave de la economía como la liberación de los precios, la autorización del uso de dólares en las transacciones, la exención de impuestos para las importaciones de muchos productos y la participación de privados en algunas empresas del Estado. En gran medida, estos cambios son los que definirán a la Venezuela post COVID-19, aunque el país continúa con bajos indicadores en inflación y pobreza, según datos del Banco Mundial y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Lo dicho hasta acá bastaría para explicar por qué los venezolanos huyen de su país. Pero la decisión de marcharse no es solo económica y social: es también política.

La fuerza de Nicolás Maduro no se ha quebrado pese a algunos intentos de hacer oposición. Después de la derrota de los casi 100 días de protestas de 2017, de las posibilidades de una salida electoral en 2018 y del fracaso del apoyo internacional al gobierno paralelo de Juan Guaidó, todo indica que el bloque de poder sorteó los desafíos sin fracturarse.

Las denuncias de organizaciones de derechos humanos sobre la alarmante letalidad de la fuerza pública —casi 3,000 personas abatidas en enfrentamientos en 2020— y que la Corte Penal Internacional hallara méritos para abrirle una investigación al Estado venezolano, tampoco han hecho tambalear el liderazgo de Nicolás Maduro. Por el contrario, el presidente ha salido reforzado del desafío.

Venezuela siguió en el fondo de los índices de percepción de corrupción, democracia y libertad económica. Transparencia Internacional ubica al país en el puesto 177 de 180 evaluados en índices de corrupción y en términos de democracia The Economist la ubica en el puesto 151 de 167.

Según el FMI podrá tener un PIB per cápita similar al de Haití, el país más pobre de América, pero eso no afecta tanto como la pérdida de la esperanza.

Aunque la pandemia, sumada a las sanciones económicas internacionales que amenazaron con rematar a una economía ya hecha pedazos, detonaron algunos cambios. Nicolás Maduro ha definido a su política la “economía real y productiva”. Los anaqueles de los supermercados volvieron a llenarse, el país oficialmente salió de la hiperinflación en diciembre, los sueldos de muchos sectores (sobre todo privados) están en aumento y se ven burbujas de bonanza en las zonas elegantes de algunas ciudades, a veces de una ostentación extrema.

Los niveles de pobreza, sin embargo, continúan siendo abrumadores y, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, llegaron a 94% en 2021. Y los signos de apertura política son mucho menores que los de la económica.

Uno de los pocos avances que pueden contarse es que en las elecciones de gobernadores de noviembre de 2021, la oposición sacó más votos que el chavismo, aunque por sus divisiones solo obtuvo cuatro gobernaciones. Una de ellas, en Barinas, la tierra natal de Hugo Chávez y desde hace 20 años feudo político de su familia.

Los dos años de la pandemia fueron los de un país que emprendió cambios. Potencialmente podrán ser muy grandes, pero aún es pronto para saberlo. La historia venezolana demuestra que la subida abrupta de los precios del petróleo suele fomentar el estatismo y la expansión del gasto público. Si la guerra en Ucrania sigue impulsando el valor del crudo, y a la vez facilita un relajamiento de las sanciones a fin de facilitar la inversión en la industria petrolera, los incentivos de Nicolás Maduro para continuar con su política podrían bajar. Aunque los venezolanos que cruzan por los caminos verdes comienzan a mirar atrás, y algunos incluso han emprendido el retorno, todo indica que para la mayoría es solo otra fase de la tragedia que llevan años viviendo. Muy pocos se atreven a apostar que sea la fase final.

Este artículo forma parte de una serie sobre autoritarismo en América Latina que Post Opinión publica en conjunto con Dromómanos.

The Washington Post