Opinión

Venezolanización

Ricardo Silva Romero

Diario El Tiempo de Colombia

www.ricardosilvaromero.com

Señores y señoras: aquí nunca va a haber paz. No es raro que los jefes del uribismo sean capaces de pronunciar “la venezolanización de Colombia” sin tartamudear, ve-ne-zo-la-ni-za-ción, pues es sin balbucear que –ahora que un hermano del expresidente Uribe ha sido acusado por “homicidio agravado y concierto para delinquir”– se permiten soltar sambenitos inescrupulosos como “¡Santiago Uribe es un secuestrado de la Fiscalía!”, “¡el Fiscal dirige un cartel de testigos!”, “¡la oposición ha sido judicializada como en Venezuela!”, “¡quieren obligarnos a entrar al proceso de paz!”, “¡Santos tirano!”, “¡Santos indigno!”, “¡persecución!”, “¡rebelión!”, “¡por menos comenzó ‘la Violencia’ en Colombia!”. No es insólito que los alfiles uribistas marchen por este tablero de ajedrez para pedirle la renuncia al presidente en la Casa de Nariño, ni es impensable que amenacen con todas las formas de lucha, y luego se vayan a almorzar.

Pero sigue siendo cruel recordar que aquí nunca va a haber paz porque a falta de justicia, y de humanidad, todo el mundo puede irse a la tumba amortajado en su versión de los hechos: “fui un prohombre”, “fui un patriarca”.

Uno les cree a las cabezas uribistas lo que ve: que la calumnia es una costumbre nacional; que la justicia colombiana da miedo y habrá que acatarla cuando exista; que el protagonismo ha dado a los jueces el desprestigio de los políticos, y el montealegrismo del Fiscal solo es comparable con el ordoñismo del Procurador. Tienen razón los rectores del uribismo –sobra la felicidad por la captura de Santiago Uribe, por ejemplo– e incluso se ven cuerdos hasta que de pronto empiezan a hacer ficción, y entonces desconocen las investigaciones sobre el paramilitarismo psicopático y refundador de la patria en plena tierra del capturado, y desestiman la lectura de ‘El clan de los doce apóstoles’, de Olga Behar, y en un caso de sugestión colectiva digno de estudio, en una fascinante muestra de “culto con una sola mente”, se portan como mártires perseguidos por “un chavismo”, y predicen la violencia del pasado en pleno proceso de paz.

Uno les cree a los amos y señores del uribismo, en fin, hasta que se regodean en el fracaso de la democracia: “así comenzó Venezuela…”. Uno entiende su lógica hasta que cometen la irresponsabilidad de mentirle a su auditorio: ni la justicia está en las manos del Presidente, ni en una tiranía puede calumniarse al tirano, ni el proceso contra el señor Uribe comenzó el lunes pasado, ni el hermano de un expresidente es un ciudadano con fuero. Suele repetirse lo que se vio en la infancia, y muchos de los políticos de hoy crecieron viendo a sus padres odiar a muerte, pero tiene que ser el colmo de lo trágico esto de recrear desde los nuevos púlpitos un país partido en dos, simple y pirómano: de “azules versus rojos” a “paramilitares versus guerrilleros”.

Quién aquí se va a hacer matar por las peleas entre ellos. Quién aquí se va a dejar conducir, como los padres y sus padres, a la idea de que la única solución es refundar a sangre y fuego.

Por lo pronto, nadie: solo el excandidato Zuluaga, tan buen uribista y tan mal perdedor, vio el martes esos “millones de colombianos volcados a las calles para evitar la dictadura” que eran cuarenta fieles encorbatados rodeados de noticieros. Creo que los viejos políticos de ahora, empezando por los que fueron criados en el bipartidismo incendiario, están calculando mal una Colombia –ya extinguida– que aún no sabe que los azules se casan con los rojos y vive lista a hacerse matar por sus caciques. Pero me temo que no tendremos paz, así acabe el conflicto, mientras estos pobres viejecitos que solo tienen medio país sigan llamando a la guerra para probar su inocencia.

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