Opinión

Unidad y comunión

María Verónica Vernaza G./ Guayaquil-Ecuador

 

Dios quiere casarse con nosotros. Esa fue tal vez la idea más llamativa de mi reflexión anterior. ¿Cómo es esto posible? Santa Teresa de Ávila lo narra claramente en su obra literaria Las Moradas (1588), donde desde el inicio queda claro que la última sala del castillo es la habitación en la que el alma se funde completa y definitivamente con Dios. Este acontecimiento también ha sido representado en el arte, como lo hizo el italiano Michelino da Besozzo con su pintura que data de 1420, El matrimonio místico de santa Catalina de Siena.

San Juan Pablo II trata de explicarlo en su teología del cuerpo cuando indica que: “Es obvio que la analogía del amor terreno, humano, del marido a la mujer, del amor humano nupcial, no puede ofrecer una comprensión adecuada y completa de esa realidad absolutamente trascendente, que es el misterio divino… El misterio sigue siendo trascendente con relación a esta analogía, como respecto a cualquier otra analogía, con la que tratamos de expresarlo en lenguaje humano” (Septiembre 29, 1982).

Es decir, como nadie ha regresado del cielo para contarnos exactamente qué es lo que le sucede a nuestra alma estando en la plenitud divina, la comparación más cercana, razonable y concluyentemente es el matrimonio entre un hombre y una mujer. Esa unidad, complicidad e intimidad que existe en la pareja, es la añoranza de Dios por cada uno. Aquellos santos que han experimentado ese arrebato espiritual no dudan de describirlo como algo que trasciende la capacidad humana de explicarlo y de entenderlo.

¿Qué tan unidos estaremos con Dios? El mejor ejemplo sería el de las plastilinas. Si tenemos dos plastilinas, una azul y una verde, y luego las juntamos y amasamos como cuando éramos pequeños, tendremos un nuevo color: amarillo. Sería imposible volver a separar las dos plastilinas y dejarlas como al inicio. Pues así es la unión que el Creador quiere con su creatura.

¿Por qué la analogía del matrimonio? De principio a fin, la biblia nos recuerda esa unión. Comienza con una pareja, Adán y Eva y termina con las bodas del Cordero (Apc. 19, 9), y pasa por el romanticismo puro del libro de Cantar de los Cantares, la hermosa oración de Tobías con su esposa Sara (Tob. 8, 4), la infidelidad de la compañera del profeta Oseas, sobresale el matrimonio espiritual de san José y la Virgen María, y culmina con el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná.

El ser humano está llamado a esa unidad y comunión. Para el común de los mortales es la alianza con una persona especial que se casan buscando alcanzar objetivos cristianos comunes; pero hay otros que sienten en su fuero interno algo que les dice que hay algo mejor, y esos son los sacerdotes y personas de vida consagrada que entregan su vida por lo excepcional. El matrimonio es un ícono de esas bodas celestiales. Por eso san Pablo exclamará atónito: “gran misterio es este”.