Opinión

Una transformación Ética y Social

Por: Yovana Cárdenas Lino

Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

 

En la vida cristiana, el encuentro con Jesús no es simplemente una experiencia personal o espiritual, sino una transformación ética y social que se manifiesta en nuestras acciones y decisiones diarias. San Pablo, en su carta a los Efesios (5, 1-2), nos exhorta a imitar a Jesús, quien nos amó y dio su vida por nosotros. Esta llamada no se limita a un sentimiento interno de devoción, sino que nos impulsa a reflejar ese amor en nuestros comportamientos hacia los demás.

La presencia de Jesús en nuestra conciencia es un acto espiritual que incluye una dimensión ética ineludible. Dios se revela en nuestras acciones cuando trabajamos por una vida digna para todos. En situaciones donde las personas se sacrifican por causas justas y nobles, encontramos la huella de la trascendencia divina. Aquí, lo espiritual se realiza a través de nuestros actos. La fe, entonces, se convierte en un compromiso tangible con la justicia y el bienestar de nuestros semejantes.

San Pablo, en su carta a los Gálatas (5, 22-25), describe los frutos del Espíritu: caridad, alegría, paz, comprensión, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo. Estos valores no son meros ideales, sino guías concretas para vivir según el Espíritu.

El Papa Francisco ha subrayado la importancia de que los cristianos participen activamente en la política. Esto sugiere que nuestra fe debe extenderse más allá de la vida privada, influyendo también en las estructuras sociales y políticas. Los cristianos, guiados por el Espíritu, tienen la responsabilidad de trabajar por una sociedad más justa y equitativa, donde los valores del Evangelio se traduzcan en políticas y acciones concretas que promuevan el bien común.

El encuentro con Jesús nos llama a una vida de amor y sacrificio, reflejada en nuestros actos y decisiones. Esta transformación ética tiene profundas implicaciones sociales y políticas, nos impulsa a participar activamente en la construcción de una sociedad justa. Siguiendo el ejemplo de Jesús y guiados por el Espíritu, estamos llamados a vivir una fe auténtica que se manifieste en el compromiso con la justicia, la verdad y el bienestar de todos.