Opinión

Una oración

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

Con este título, dos grande poetas escribieron textos memorables: Jorge Luis Borges y Antonio Cisneros. Ambos eran agnósticos, aunque nuestro compatriota tuvo un momento claro de conversión espiritual. Pero la poesía de los dos tenía muchas más preguntas que respuestas y un intenso pero discreto dolor por el sinsentido de la vida.

En su oración, Borges se refirió al Padrenuestro, que años después musitaría instantes antes de morir en los cinco idiomas que le eran íntimos: “Mi boca ha pronunciado y pronunciará, miles de veces y en los dos idiomas que me son íntimos, el padre nuestro, pero sólo en parte lo entiendo. / Esta mañana, la del día primero de julio de 1969, quiero intentar una oración que sea personal, no heredada. / Sé que se trata de una empresa que exige una sinceridad más que humana. / Es evidente, en primer término, que me está vedado pedir. / Pedir que no anochezcan mis ojos sería una locura; sé de millares de personas que ven y que no son particularmente felices, justas o sabias. / El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced, por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que ya se haya roto. Nadie merece tal milagro…”

En la suya, Cisneros dijo: “Qué duro es, Padre mío, escribir del lado de los vientos/ tan presto como estoy a maldecir y ronco para el canto./ Cómo hablar del amor, de las colinas blandas de tu Reino/ si habito como un gato en una estaca rodeado por las aguas./ Cómo decirle pelo al pelo/ diente al diente /rabo al rabo/ y no nombrar la rata.”

La Oración de Borges forma parte de su libro Elogio de la Sombra. La de Cisneros, de su obra El Libro de Dios y de los húngaros.

Efectivamente, anochecieron los ojos de Borges y de todos los colores se quedó con el amarillo y el negro. Cisneros, casi no habló más del amor y de las colinas blandas del reino de Dios. No podemos pedir nada, nos lo recordó Borges con serenidad y Cisneros nos urgió a llamar a las cosas por su nombre aunque ese nombre nos duela y nos dé miedo. Pero el amor de Dios, de los Dioses, del Poder Superior como lo llaman los adictos que se salvan, existe y las colinas blandas de su reino están ante nuestros ojos para verlas. Ciertamente, nadie merece el milagro de que se quiebre su destino y todos, de una manera u otra, habitamos como un gato en una estaca rodeado por las aguas, pero aun así podemos aspirar a la plenitud, a la esperanza, a una caricia en la mejilla.