Opinión

Una familia de trapo

Jorge Alania Vera

Desde Lima, Perú para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

La canción De Cartón Piedra de Joan Manuel Serrat narra el romance entre un hombre y un maniquí: “…entre cuatro paredes y un techo se reventó contra mi pecho. Noche tras noche…”. Hace unos años el japonés Hizuko Takami se casó con un holograma y a su fiesta de matrimonio acudieron más de 3 mil personas. A mediados de abril de este 2023, Cristian Montenegro anunció el nacimiento de su tercer hijo de trapo, Sammy, que junto a sus hermanos Daniel y Lady y a su mamá Natalia constituyen la primera familia de trapo del mundo.

El alucinado del tema de Serrat, al hablar de su flamante amor, dice: “No era como esas muñecas de abril que me arañaron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos y me arrancaron la ilusión de cuajo. De su lado, el colombiano Christian Montenegro señala: “He estado soltero por años y tras varios fracasos, no he podido conseguir el amor verdadero. Por ello construí una esposa y unos hijos de trapo que son mi adoración.”

La leyenda florentina cuenta que, ante la grandeza de su propia escultura, La Piedad, Miguel Ángel le golpeó la rodilla con su martillo y le gritó: por qué no hablas. Robert de Niro – en una escena icónica del cine en la película Taxi Driver- le pregunta a su imagen en el espejo: ¿Hablas conmigo? ¿Hablas conmigo?

La soledad tiene sus damnificados. A verla en toda su desnudez y realismo, algunos- que son cada vez más- prefieren transfigurarla en imágenes y objetos que los reflejen, devolviéndoles- a la manera de la fuente de agua de Narciso[1]una imagen viva que los acompañe y los consuele. El enamorado y el maniquí bailando un vals en el portal; la idílica familia hechas de retazos de tela comiendo en la mesa, y el hombre que se habla a sí mismo creyendo que es a otro a quien habla, son representaciones de la locura de la propia identidad y del amor lastimado por las insuficiencias de la vida.

El enamoramiento-ha escrito Ortega y Gasset- es un estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza. El hombre que se enamora del maniquí lo ilustra porque el objeto de su mirada no es lo que es sino lo que él cree que es ese maniquí de escaparate. La esposa y los hijos de trapo que el amante padre aprieta contra su pecho, no son lo que él cree que son sino telas y retazos con los que su mente herida ha fabricado una ilusión.

El amor, como todo, es cuestión de tiempo. Ni los hologramas, ni los retazos, ni cualquiera de nuestras imágenes en el espejo, son duraderos. El amor sí lo puede ser. En ese largo momento, deja de ser un fulgor o una luz para convertirse en un espacio de abrigo y de iluminación