Opinión

UNA ESPECIE DE PIPÓN

Juan Javier Campoverde

jj_campoverde@hotmail.com

@JuanCalambre

Cuando León Febres-Cordero fue alcalde de Guayaquil, e hizo un saneamiento en el Municipio, se popularizó el término “pipón”. La palabra hacía alusión a quienes recibían un sueldo sin hacer nada, o muy poco. Pagado, por supuesto, con fondos públicos, nuestro dinero.  Hasta hoy seguimos entendiendo la expresión en ese sentido.

Ahora es difícil ver ese tipo de figura política cuasi folklórica. Aunque, si bien son menos que hace treinta años, el pipón nunca desaparecerá por completo. Solo ha aprendido a pasar desapercibido. Su forma hacerlo es yendo al trabajo. Los pipones de ahora ya no son tan pipones. Se los llama jefes, o gerentes, o presidentes, o administradores… “palanqueados”, o algo así. También se los llama nuevos ricos a veces. El pipón político ha encontrado nuevas formas de desenvolverse, desde comer cheques hasta procurar trabajar. Como sea, ahora se consciente hilar fino para definirlo.

Pero el pipón, en sentido estricto, es un sinvergüenza, de eso se trata. Le es indiferente estar a la vista, y aunque sabe bien que cada día podría ser el último en su puesto, tiene un paraguas de poder con el que cubre su actitud. Porque todos los pipones no son otra cosa que favores personificados. Pienso que estarán siempre que exista burocracia, y su nivel de inutilidad será directamente proporcional al favor que están devengando.

En Guayaquil, sin embargo, hay una nueva especie de pipón. Se ha ido constituyendo hace años a pesar de no estar apadrinado por nadie. Escapa de la definición tradicional porque no forma parte del aparato del Estado. Logró despojarse de la política, y trabaja freelance. Se ha convertido, lamentablemente, en un personaje del folklor guayaquileño. Hay miles, tienen sitiado cada barrio. No están dentro del Municipio, ni otra institución pública, pero viven de nuestro dinero. Son los cuida-carros. Hay de todas las edades y sexos. Desde uniformados, con garrote y pito, hasta los que desaparecen cada tanto a fumar base. No se requiere ningún atributo más que ser el dueño de un espacio en una vereda, es decir, tener las respectivas conexiones. En una calle del centro, por ejemplo, la cuida-carros es una mujer de unos sesenta años. Cuida carros frente a un colegio, gana casi tres sueldos básicos al mes, moviendo un pañuelo.

Están incluso donde no debiera hacer falta, por temor a Dios, y a las autoridades, literalmente: en los exteriores de iglesias y edificios gubernamentales. Protegen los autos contra los ladrones, pero ellos mismos son los ladrones. Y cobran su botín cada día, de dólar en dólar. Probablemente se conformen con cincuenta centavos, poniendo mala cara. Si un día no hay, también se pueden  conformar. Pero si tienes la costumbre de no pagar, y eres asiduo al lugar, es probable que el carro eventualmente termine rayado.

Los cuida-carros no cuidan propiamente, sino disuaden. Además, su presencia está dirigida contra ladrones de accesorios, más que de autos propiamente. Erradicarlos sería sólo la mitad de la solución. El plan debiera ser integral. No reubicándolos, porque los pipones no tienen derechos laborales, sino concentrándose en brindar seguridad. No solo con más efectivos del orden, sino implementando penas radicales, especialmente para reincidentes en este tipo de delitos considerados menores. En fin, irremediablemente, muchos pasarán a engrosar la cifra del desempleo junto a miles de otros ecuatorianos. Pero ese es otro problema, y no por evadirlo se va a permitir que exista este.

¿Qué hacer con este gremio de cuidadores? ¿Qué pasa si se erradican, vía penalización, por ejemplo? La idea generalizada es que se incrementaría el robo. Con lo cual el remedio sería peor que la enfermedad. Y, en consecuencia, que es un mal necesario. Pero esa es una excusa infantil, y solo sirve para justificar la carencia de un derecho fundamental: seguridad civil. Es una excusa que implica aceptar que, de no ser por los cuida-carros, la ciudad estaría sitiada por delincuentes. Que ellos son la diferencia entre un Guayaquil gobernado por ladrones, y uno seguro. Como si fueran unos salvadores. Quiero pensar que esta idea es del pueblo y no de una autoridad. Pero ¿por qué nadie hace nada con estos pipones entonces? Los Policías Metropolitanos no tienen órdenes de hacer con ellos lo que hacen con los vendedores ambulantes, aunque estos últimos comercian bienes, y los cuida-carros coaccionan. Son una especie de mafia que opera en las narices de las autoridades. Pero ya nos hemos acostumbrado, y nadie dice nada. Como dice el dicho: “El que calla otorga”, y no pasará mucho tiempo antes que los ciudadanos lleguen a pensar que, por la omisión del Municipio, los cuida-carros operan con su venia.

La inacción de las autoridades en este tema nos ha hecho olvidar que los papeles están invertidos. Todos deberíamos poder parquear con la tranquilidad de que el vehículo estará a salvo, y que nadie vendrá a abordarnos con un insistente “¿se lo cuido?”.

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