Opinión

Una Cuba detenida en el tiempo

Lic. Denisse Casalí L.

denissecasali@gmail.com

@denissitacl

Hace pocos días regresé a Ecuador después de casi diez días de ausencia y separada totalmente de cualquier medio de comunicación con el mundo, excepto por un teléfono convencional en casa que me permitió hablar localmente y con mi mamá un par de veces, ¡Claro! pagando bastante caro una llamada a larga distancia. Me fui a visitar mi tierra natal, mi querida Cuba. Hacía casi nueve años que no vivía de cerca la grata sensación de reencontrarme con mi familia, de sentir abrazos sinceros que sin palabras decían “te extraño”, de escuchar frases llenas de cariño que se mezclaban con risas y anhelos. Me sentí en casa, me trataron como siempre y la pasé como nunca.

Mi Habana se encuentra detenida en el tiempo, casi de modo inamovible. No tuve la oportunidad de vivir en el cincuenta, pero me bastan unos días allá para sentir que viajé en alguna máquina del tiempo tripulada por LAN, que me permitió retroceder más de medio siglo atrás. Es mágica la sensación de desconectarte totalmente del medio común y corriente que enfrentas a diario, es tan distinto al mundo agitado que vivimos día a día, esclavos de un teléfono, del internet, de la monotonía y el exceso de estrés saliendo por nuestros poros.

Llegué a mi ciudad y no hice más que caminar, observar a las personas pasar junto a mí y sentirme por un momento parte de ellos, saber que a donde iba me encontraba con risas, música, y sabor a Caribe. Bailé, canté, disfruté cada segundo (prácticamente no dormí), no sé si fue casualidad pero por donde pasaba había algún dúo, trío o cuarteto tocando algo autóctono y puro, algo tan suyo, que nadie le arrebatará jamás al músico cubano.

Me subí en más de un clásico, de esos carros antiguos que allá los conocen como almendrones, del tipo que vimos en películas de mafias recreadas en los años treinta y que pensamos ya no existen o no funcionan, allá son el medio de transporte habitual del cubano, la herramienta efectiva para el que está apurado y debe llegar pronto a su destino. Vehículos acondicionados y adaptados al medio con piezas de otras marcas que le permiten circular. Ahí al invento los han hecho rodar, sin aire, sin muchas comodidades, un radio hecho con ingenio (porque la música no les puede faltar) y un sol tres veces más fuerte que el de Guayaquil, justo cuando pensaba que eso era imposible, el color de mi piel te contaría otra historia.

A 20 minutos de la ciudad playas de ensueño, paraísos naturales que yo tengo a un ticket aéreo de distancia, los cubanos lo tienen en cada esquina y a pesar de eso no son playas pobladas debido a las dificultades impuestas por el sistema de transporte no tan bueno que les impide ir con frecuencia a visitarlas – es una verdadera lástima. Algunos me decían que es casi un lujo ir a la playa en familia.

Pasé los días más enriquecedores que unas simples vacaciones me podían ofrecer, me hizo extrañar un poco más de donde soy ahora, sin embargo ahora que estoy en Ecuador me ha hecho extrañar más de dónde vengo. Un sistema casi obsoleto que ha fundido en una isla maravillosa un sitio detenido en la historia -perfecto para un artículo en National Geographic-, con carencia tecnológica, escasez de productos que yo considero de primera necesidad y allá ni se asoman en las vitrinas comerciales, el que llega a Cuba está consciente de que faltan muchas cosas; pero también hay de sobra otras, hay de sobra calor humano, cultura y conocimiento, sabor, perspicacia y el despabile de su gente, ellos son los únicos que no se quedan atrás, ellos están en constante movimiento e interacción.

El recurso más valioso en Cuba no son sus playas, no son sus tesoros arquitectónicos que aun destruyéndose guardan el sentir de la influencia Europea, no es su sistema, no es su revolución, reafirmé que el recurso invaluable de Cuba es sin lugar a dudas su gente.

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