Opinión

Un país de hinchas (y comisionistas)

PABLO ORDAZ

Hace muchos años conocí a un policía que luchaba contra el crimen organizado y la delincuencia internacional en el sur de España. Lidiaba, como se pueden imaginar, con lo mejor de cada casa, y no le faltaba el trabajo. Tenía ese policía el respeto de sus jefes y de sus subordinados porque no se casaba con nadie, sus investigaciones eran modélicas y, antes de echarle el guante a alguien, ya sabía que estaba hasta las trancas en el negocio de las armas, las drogas o el asesinato a domicilio. Tanto es así que, muchas veces, ni interrogaba a los detenidos antes de llevárselos al juez. Cuando el abogado del mafioso en cuestión lo llamaba para preguntarle a qué hora iba a ser el interrogatorio, el inspector le respondía:

—No hace falta, letrado, mañana mismo lo pondremos a disposición de su señoría.

Un policía incuestionable, pensarán. Pues sí. Hasta el día que, a la luz de los datos que fue reuniendo su grupo de agentes, detuvo al presidente del club de fútbol de su ciudad. ¿De qué ciudad?, se preguntarán ustedes, ¿cuál era el delito? Les aseguro que para el caso da igual: me juego la comisión del marqués de las Mascarillas a que lo que le sucedió a este policía le hubiera pasado a cualquier otro en cualquier otra ciudad de haber detenido al presidente del club o incluso al delantero centro. Hubo compañeros que le retiraron el saludo, otros —menos radicales— le reconvinieron al oído: “Pero, hombre, ¿cómo se te ha ocurrido? ¿No te das cuenta de que estás ensuciando el nombre del club y de la ciudad?”.

Si todavía creen que aquello fue un hecho aislado, háganme la gracia de darse un paseo por Twitter. Elijamos al azar cualquier polémica reciente. La que está en plena ebullición, por ejemplo, y de ahí para atrás. El futbolista Piqué y el presidente Rubiales confabulándose para llevarse una pasta por jugar la Supercopa en Arabia Saudí. El alcalde Martínez-Almeida —efímero modelo de representante institucional— enredado en el espionaje del PP a Díaz Ayuso y ahora en el obsceno asunto de las mascarillas defectuosas. Todo lo que concierne al rey Juan Carlos —lo de llamarlo emérito es casi un sarcasmo—, o la bronca semanal en torno a lo que sucede cada miércoles en el Congreso de los Diputados y cada fin de semana en los campos de fútbol.

Una vez elegido el tema, fíjense en los tuits y, sobre todo, en los comentarios. Porque ahí está la hinchada; son el fondo norte y el fondo sur juntos, los tendidos de sol y los de sombra, el graderío y el griterío infinitos, el individuo convertido en masa que solo ve las faltas cuando las comete el contrario, ya sean al borde del área o a la hora de apañar un contrato millonario con un país de sátrapas. Si es el viejo rey el que hace el chanchullo, los independentistas se rasgarán las vestiduras; si es Gerard Piqué, tampoco hay que ponerse estrechos. Y así, todo, siempre. Pongan ustedes mismos los ejemplos que quieran. Ya lo dejó dicho el aristócrata trincón, la culpa nunca es nuestra, sino de los fiscales, esa gente de izquierdas.

Si se fijan, Piqué no convocó una rueda de prensa al uso para dar explicaciones de lo suyo, sino que anunció a través de Twitter —donde tiene más de 20 millones de seguidores— que atendería a los periodistas en su canal de Twitch, al que están suscritas medio millón de personas. Fue una decisión inteligente, tan medida como el escenario, la luz que iluminaba su rostro y sus brotes controlados de enfado fingido. Parecía que hablaba para los periodistas, pero en realidad lo hacía para su audiencia telemática, su hinchada portátil, ese coliseo particular en el que sentirse arropado, querido, a salvo de los leones.

—Me siento muy orgulloso.

—Claro que sí, crack.

 

 

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