Opinión

UN DOMINGO CUALQUIERA PUEDE CONVERTIRSE EN UNA AVENTURA

Dr. Jorge Alberto Norero Gonzaléz/Guayaquil.

 

 

Definitivamente, cada uno de nosotros puede hacer de su vida una aventura, una jornada maravillosa o, por el contrario, un teatro de las peores pesadillas si nos dejamos llevar por los prejuicios, la envidia, los rencores y hasta la maldad.

Ayer domingo tuve una de esas jornadas que aparentemente no tienen nada de extraordinario y que, sin embargo, terminan recordándonos que la vida está hecha precisamente de esos pequeños momentos.

Decidí invitar a dos de mis nietos, Sebastián y Juan Pablo, para que me acompañaran a Salinas. Tenía algunas cosas que hacer y pensé que sería una buena oportunidad para pasar el día juntos.

Habíamos acordado salir a las 07:30. Puntualmente estuvieron en mi casa, listos y con una sonrisa. Los llevó su mamá, quien seguramente, por ser domingo, habría preferido que sus hijos durmieran hasta las diez de la mañana.

Llovía intensamente.

Saludaron a Mary, nos despedimos y subimos a la camioneta rumbo a Salinas.

Yo me había levantado a las seis. Limpié los patios, les di de comer a los perros, jugué un rato con ellos y después un buen baño terminó de despertar cada fibra de mi cuerpo.

Paramos en una estación de servicio junto a Riocentro Ceibos. Llenamos el tanque de diésel y entramos al pequeño market que ahora tienen muchas gasolineras para atraer a los clientes.

Los muchachos pidieron sánduches de lomo y pollo con té helado. Yo preferí un expreso. Mi señora ya me había consentido temprano con un bol de frutas, tortilla española, huevos pasados y un jarro de café descafeinado.

Terminamos y comenzamos el viaje.

La lluvia persistía y me obligaba a manejar con mucha prudencia y atención. Pero aquella lluvia también abrió espacio para una de esas conversaciones que uno guarda.

Hablamos de los estudios, de lo que hacen los chicos, de sus enamoradas, de sus planes.

Sebastián está terminando el colegio y conversamos sobre la universidad.

—Abuelito, creo que voy a estudiar Negocios Internacionales, aunque también había pensado en Derecho.

Le dije que, si fuera yo quien tuviera que decidir, estudiaría Derecho y posteriormente haría una maestría en Administración o Finanzas.

Pero después le expliqué algo que considero todavía más importante: que, cualquiera que sea la profesión que elija, tendrá que construir su propio universo de relaciones, amistades y contactos.

El mundo laboral es cada vez más competitivo y ningún título garantiza por sí solo el éxito.

—Tú eres el único responsable de construir esa red —le dije—. Y por tu manera de ser tienes una ventaja: sabes relacionarte con las personas.

Juan Pablo, mientras tanto, se quedó dormido en el asiento posterior.

Por el kilómetro treinta encontramos un accidente. Un bus de pasajeros se había volcado en el carril contrario. La lluvia había convertido la carretera en una superficie peligrosa y las grúas y agentes de tránsito trabajaban para retirar el vehículo.

Los pasajeros estaban agrupados, algunos evidentemente asustados. Las ambulancias trasladaban a los heridos.

Ojalá no hubiera muertos.

Seguimos nuestro camino y cambiamos de tema.

Hablamos de deportes y del próximo viaje a Panamá, donde estos dos jóvenes representarán al Ecuador en waterpolo, un deporte que muchos conocen poco pero que ellos practican gracias a su formación en el colegio Javier.

Finalmente llegamos a Salinas.

Hasta Santa Elena nos acompañó la lluvia. Pero en Salinas nos esperaba un clima espectacular: sol, viento y ese aire marino que siempre parece cambiarle a uno el ánimo.

Recorrimos el malecón. Había pocos turistas. Como ya comenzaron las clases en la Sierra, tampoco había la cantidad de visitantes serranos y colombianos que normalmente llegan en estas épocas.

Fuimos directamente al club de yates.

Llamamos al marinero para que recibiera cuatro baterías que forman el banco del bote que tenemos para salir a pescar y pasear con la familia.

Cada batería pesaba unas sesenta libras.

Entre cuatro personas cargaron el gomón que utilizamos para el cabotaje del bote grande, además de una caneca de aceite para cebar los motores.

Caminamos por el espigón mientras veíamos cómo el gomón navegaba hacia el Portofino.

—Manuel, me avisas cuando estén instaladas las baterías y prendidos los motores. Y si hay alguna novedad, me llamas.

Las baterías viejas fueron embarcadas en la camioneta para devolverlas y recuperar treinta y dos dólares por cada una.

Mora, uno de los marineros, me dijo:

—Jefe, nosotros creíamos que nos iba a regalar las baterías viejas.

—No hay problema —le contesté—. Si me das treinta dólares por cada una, son tuyas.

Nos reímos todos.

¿Ven?

La vida también está hecha de esas pequeñas cosas.

—¿Vámonos? ¿O quieren servirse algo?

—No, abuelito. Estamos llenos.

Salimos del club y decidimos ir al Mall Península para caminar un rato.

Llegamos al patio de comidas.

—¿Quieren algo?

—No, abuelito.

Terminamos sentados en Juan Valdez. Dos tés helados para ellos y un expreso para mí.

La cuenta fue de casi siete dólares.

Entonces apareció mi lado de viejo reclamón.

—¿Por qué tanto?

Resulta que el mismo café de la misma cadena que en Guayaquil cuesta alrededor de $1,30, en Salinas costaba $1,80.

Cincuenta centavos más.

Y ahí comenzó mi pequeña clase de economía con mis nietos.

—Algo no está bien —les decía—. Miren incluso el tipo de público que viene a este centro comercial. Muchas personas tienen ingresos más modestos y terminan pagando más por el mismo producto.

—Por eso estamos jodidos en este país —les decía.

Me llamaron para recibir el pedido.

Mi expreso estaba bueno.

Pero los muchachos me dijeron que el té estaba aguado.

Me levanté.

—Señorita, el té está aguado.

—Disculpe, señor. Es que recién lo hice. Se lo cambio.

—Por supuesto. Esto no sabe a nada y, peor todavía, con esos precios.

Mis nietos se reían.

—Abuelito, usted es jodido.

—Para nada. Si pagas por algo, tienes derecho a recibirlo bien. No te están regalando las cosas.

Llamaron a Juan Pablo. Lo probó.

—¿Cómo están los tés?

—Ahora están buenos.

—Entonces, buen provecho.

Y volvimos a reír.

Regresamos hacia Guayaquil.

Por el paso lateral volvió a comenzar la lluvia.

Llegamos al peaje de Chongón alrededor del mediodía.

—¿Vamos a almorzar al club? —pregunté.

—Usted decide, abuelito. No tenemos mucha hambre.

Claro.

Su mamá acababa de llegar a nuestra casa y, según ellos, había pasado toda la mañana conversando con Mary.

Un fuerte “jarabe de pico” entre dos señoras poniéndose al día con todos los temas posibles.

Llegamos a Los Portones.

Sebastián me comentó incluso algunos problemas entre los socios. El muchacho estaba perfectamente enterado de los chismes que circulaban por las redes sociales.

Nos sentamos.

Llegó la carta.

Uno pidió lomo con moro y ensalada.

Juanpi, ensalada César con pollo.

Yo, una chuleta bandiola con arroz con moro y ensalada.

Dos colas y un Nestea.

Para no aburrirlos, terminamos haciendo un pequeño paseo gastronómico que, considerando que ninguno tenía hambre, resultó bastante interesante.

Llegamos a casa.

Nos pusimos a ver el partido entre Portugal y Noruega.

Cuando terminó, los muchachos preguntaron:

—Abuelito, ¿podemos jugar con Thanos?

Por supuesto.

Thanos es un Cane Corso de apenas cinco meses.

—¿Y podemos bañarnos en la piscina?

Por supuesto.

Mientras ellos jugaban, yo seguí viendo algunos programas sobre la erupción del Krakatoa, ocurrida en Indonesia en el siglo XIX.

Después bajé nuevamente.

Había que limpiar el patio.

Los perros son como niños. Hay que cuidarlos, alimentarlos y, sobre todo, dedicarles tiempo.

Jugamos un rato más.

Los muchachos, aparentemente, decidieron revisar sus mensajes y chatear con sus novias.

Después vino la ducha.

La tarde comenzaba a caer.

Llegó Lourdes, mi nuera, para llevarse a los jóvenes a la misa dominical.

—Abuelito, ¿no tienes un pantalón largo que me prestes?

Me reí.

—No te va a quedar. Yo tengo 36 de cintura y tú debes tener 30 o 32.

Finalmente encontramos un calentador.

Se lo probó.

Y apareció Raffaella:

—¡Ese calentador es mío! ¡Lo he estado buscando! Pensé que se me había quedado en Frankfurt.

Resultó que llevaba bastante tiempo perdido dentro de mi clóset.

Otra pequeña escena de una familia cualquiera.

Llegó la hora de despedirse.

Sebastián me dio las gracias por el día.

Juan Pablo se quedó abajo con su mamá.

Tiene miedo de “El Tigre”, un pequeño chihuahua neurótico que tiene la costumbre de atacar los pies de manera traicionera.

Y así terminó nuestro domingo.

No hubo hoteles cinco estrellas.

No hubo restaurantes de lujo.

No hubo viajes a Europa ni a Estados Unidos.

No hubo grandes acontecimientos.

Hubo lluvia.

Una carretera.

Una conversación con mis nietos.

Un accidente que nos hizo recordar lo frágil que puede ser la vida.

Unas baterías.

Un bote.

Un café.

Un té aguado.

Una discusión de cincuenta centavos.

Un almuerzo.

Una piscina.

Un perro.

Un partido de fútbol.

Un programa sobre Krakatoa.

Un calentador perdido.

Y, sobre todo, una familia compartiendo un domingo.

Quizá ahí esté una de las grandes enseñanzas de la vida.

Pasamos demasiado tiempo mirando lo que tienen los demás y demasiado poco tiempo disfrutando lo que tenemos nosotros.

La envidia nos roba la felicidad.

El rencor nos roba la paz.

Los prejuicios nos impiden conocer personas.

La maldad termina destruyendo incluso a quien la practica.

Y mientras estamos ocupados mirando la vida ajena, la nuestra pasa frente a nosotros sin que nos demos cuenta.

No necesitamos ser millonarios.

No necesitamos vivir en Europa o en Estados Unidos.

No necesitamos grandes lujos para ser felices.

A veces basta con levantarse temprano, limpiar el patio, alimentar a los perros, recibir a los nietos con una sonrisa, subir a una camioneta y emprender una pequeña aventura.

Porque la vida no siempre nos ofrece grandes acontecimientos.

Pero casi todos los días nos ofrece pequeños momentos.

Y quizá la verdadera sabiduría consista precisamente en aprender a reconocerlos, disfrutarlos y agradecerlos.

Que tengan todos una buena semana.

Y no olviden algo muy sencillo:

La vida es demasiado corta para desperdiciarla envidiando la vida de los demás.

Disfrutemos la nuestra.

Semper Fi