Opinión

Un celular a la vista

Por: Luis Raúl Vázquez Muñoz/Cuba

Un celular sirve para muchas cosas. Sirve para ayudar en la comunicación; para facilitar (a veces complicar) los contactos y las gestiones de las personas. Sirve, por ejemplo, para mantenerse localizable (en ocasiones, demasiado ubicable). Y sirve, también, para almacenar información, tirar fotos, hacer videos y hasta para usarlo de linterna y escrutar el oído enfermo de una paciente después de sonarle un buen jalón de orejas, sin previo aviso, como ocurrió delante de este periodista en una consulta del cuerpo de guardia del hospital provincial Antonio Luaces Iraola de Ciego de Ávila.

En este último caso la sangre casi llega al río, sin embargo, no es menos cierto que ese artilugio electrónico ya se convirtió en una parte importante de nuestras vidas. Su trascendencia es tan inmensa, que algunos han pensado en modificar los planes de clase de Anatomía y proponer que, a la hora de describir el cuerpo humano, los profesores lo deberían hacer teniendo en cuenta los siguientes elementos: cabeza, cuerpo, extremidades y celular.

En Cuba el aparatico no deja de levantar sus sorpresas. Una de ellas ocurrió al concluir el primer encuentro de un ciclo de conferencias. El profesor terminaba de empacar sus papeles, cuando en el aula los estudiantes desenfundaron los celulares. Por la decisión y hasta por el ceño fruncido, aquello parecía una réplica actualizada de una película del oeste. John Wayne, Tom Mix, Burt Lancaster, Henry Fonda y Clint Eastwood a punto de entrarse a tiros en el OK Corral. Lo único que faltaba era la música de Ennio Morricone y una advertencia: «La vida o el dinero», que en este caso se sustituyó por una pregunta tan cándida, tan tranquila, tan inocente, que daban deseos de llorar: «¿Cuál es el número de su celular, profesor?».

Y allí apareció lo Real Maravilloso de la cotidianidad nacional. «No —dijo el docente con mucha calma—, yo no tengo celular». En un comienzo la sorpresa fue tan grande y las bocas se quedaron tan abiertas y durante tanto tiempo, que el profesor pensó encontrarse ante una epidemia inédita de traumatismo facial. Porque a esa hora algunos habían olvidado que en Cuba, es verdad, hay unos cuantos con celulares; pero en los vecindarios de la Isla también existe otro número de personas que no tienen (solo en sueños) a ese nietecito inquieto de Antonio Meucci, el feliz inventor del teléfono en el siglo XIX.

Con todo lo que se diga —a favor o en contra—, el celular posee una cantidad de virtudes, que muchas permanecen ocultas ante nuestros ojos. Pero, sin dudas, una de las más importantes es el modo en que nos está cambiando la vida. En su visita a Cuba, el profesor Manuel Martín Serrano, uno de los grandes teóricos de la Comunicación en el mundo, se lo advertía a un grupo de periodistas que lo emboscó en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Contaba Martín Serrano que en medio de una clase descubrió a un estudiante especialmente ensimismado en un celular. «Por la picardía de sus gestos era obvio que la fuente de su placer no era mi clase —confesó—. Sin detener la conferencia, empecé a buscar y descubrí que él y otra muchacha del salón se estaban pasando mensajes de amor por el celular». Y concluyó: «Hasta en eso está cambiando el mundo».

Un colega, ducho en las lides de Facebook, nos lo ratificaba en una de las noches de cierre del periódico y añadía que el mensaje de amor a través de las redes sociales y el celular era más íntimo y seguro, al punto de que con ellos las posibilidades de conquista se elevaban por encima de un 60 por ciento en comparación con los mensajes de papel. Otro colega, sin embargo, fue más escéptico. Entonces contó que un día deseó preparar la antesala de ciertos eventos en su casa y comenzó a mandarle mensajes de amor a su mujer.

La hora del regreso se acercaba y todo era una bella ilusión (incluidos los baches de la calle), cuando camino al Edén sonó el celular. Era su esposa. Tomó aire y lentamente, convertido en el hombre más feliz del mundo, se llevó el móvil al oído para escuchar unas palabras bien precisas: «Oye, llegó el picadillo. ¿Tú vas a ir a buscarlo?». Como reconoció después de superado el trauma: al final, por muy fuerte que sea, la realidad concreta siempre será más firme que la virtual. Digan lo que digan, pidan lo que todos deseen pedir.