Opinión

Un amor que transforma

Por: Yovana Cárdenas Lino
Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

Vivimos en un tiempo en el que hablamos mucho de amor, pero no siempre sabemos amar. Las diferencias, las heridas, el orgullo y la indiferencia pueden levantar muros incluso entre las personas que más queremos. Por eso, la fe cristiana nos recuerda que el verdadero amor no nace solamente de nuestros sentimientos o de nuestra voluntad: necesita un corazón transformado por Dios.

Jesús nos dejó un mandamiento que resume la esencia de la vida cristiana: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 15,12). No se trata de un amor superficial ni condicionado a recibir algo a cambio. Cristo amó sirviendo, perdonando, acompañando y entregándose incluso ante el rechazo.

Y ese amor no podemos vivirlo únicamente con nuestras propias fuerzas. La Biblia nos dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Romanos 5,5). Es el Espíritu Santo quien renueva nuestro interior y nos ayuda a mirar al otro con misericordia, paciencia y comprensión.

El apóstol Pablo describe ese amor de manera concreta: “El amor es paciente, es bondadoso; el amor no es envidioso ni orgulloso” (1 Corintios 13,4). Qué difícil resulta vivir estas palabras cuando nos sentimos heridos, cuando creemos tener la razón o cuando esperamos que sean los demás quienes cambien primero. Sin embargo, amar como Jesús implica precisamente aprender a salir de nosotros mismos.

El Espíritu que infunde el Padre no elimina nuestras diferencias ni convierte nuestras relaciones en algo perfecto. Lo que hace es transformar nuestra manera de vivirlas. Nos permite escuchar antes de juzgar, perdonar antes que guardar resentimiento y tender puentes donde antes había distancia.

También en la familia necesitamos esa renovación. Muchas veces las discusiones no nacen de la falta de amor, sino de palabras que no supimos decir, heridas que no supimos sanar o silencios que se hicieron demasiado largos. San Pablo exhorta: “Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente” (Efesios 4,32).

Amar como Cristo no significa aceptar la injusticia, callar frente al mal o renunciar a la verdad. Significa defender la verdad sin odio, corregir sin humillar y poner límites sin perder la dignidad del otro. El amor cristiano no es debilidad; es una fuerza capaz de transformar relaciones y comunidades.
Por eso, pedir al Espíritu Santo que renueve nuestro corazón es también pedirle que cambie nuestra manera de convivir. Que nos enseñe a comprender que detrás de cada persona hay una historia, una lucha y muchas veces heridas que no conocemos.

El mundo no necesita solamente discursos sobre el amor; necesita hombres y mujeres capaces de practicarlo en sus hogares, en sus comunidades y en cada espacio donde les corresponda servir.

Que el Espíritu que viene del Padre renueve nuestros corazones y nos haga capaces de amar como Jesús nos amó: con verdad, con misericordia, con generosidad y con entrega. Porque cuando cambia el corazón de una persona, también puede comenzar a cambiar su familia; y cuando cambian las familias, puede comenzar a cambiar nuestra sociedad.

Como nos recuerda Jesús: “En esto conocerán todos que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros” (Juan 13,35). Ese sigue siendo uno de los mayores desafíos de nuestra vida: no solamente decir que creemos en el amor de Jesús, sino hacer que ese amor se note en la manera en que vivimos y tratamos a los demás.