Opinión

Un alcalde con ganas de meter orden

Pablo Chiriboga Núñez

 

 

Existe una paradoja hermosa en el corazón de Samborondón. Nos vendieron, con bombos y platillos, la fantasía del oasis de primer mundo. Y cada mañana, a las ocho en punto, el sueño se desmorona en un trancón digno de las cavernas. Ante tal panorama, solo nos queda un recurso: la ciencia ficción. Imaginemos un alcalde tan extravagante, tan fuera de serie, que se atreva a cometer el acto de rebeldía más radical jamás visto en el cantón. Que aplique el sentido común.

Este mandatario de fantasía empezaría por el misterio de las construcciones espontáneas. Con megáfono en mano, frente al último bloque de concreto que apareció de la noche a la mañana por obra y gracia del Espíritu Santo, anunciaría lo impensable: permisos de construcción reales. Los desarrolladores, al enterarse de que ya no pueden canjear espacio público por maquetas de Instagram sin un estudio de impacto previo, quedarían en shock. Como quien descubre que el «todo incluido» tenía letra pequeña.

Después, este loco de las ideas atacaría la neurosis botánica local. Décadas de rendirle culto a la palmera de adorno, esa que decora sin cometer el pecado de dar sombra, terminarían de golpe. El alcalde mandaría a sembrar árboles de verdad. Raíces, follaje, sombra que sirve para algo. Un escándalo estético tan grande que la gente bajaría la ventana del carro solo para comprobar que no está delirando por insolación.

El clímax llegaría cuando la administración decida acabar con el deporte nacional: la cacería del parquímetro. Esos agentes que se agazapan entre los matorrales para caerle encima a quien se demora treinta segundos comprando agua se quedarían sin oficio. Aparecerían plazas de parqueo reales y gratis para visitantes. Sin multas relámpago que inflen la caja, los vigilantes andarían por las aceras como perro sin dueño, huérfanos de adrenalina, condenados al tedio del orden.

Y como si no fuera suficiente insensatez, el alcalde triplicaría los pasos peatonales, para que un ser humano pueda cruzar la avenida sin necesidad de hacer testamento ni encomendarse a todos los santos del santoral. Ahí vendría el milagro final. Un viernes de lluvia, a la hora pico, la vía principal fluiría. Nadie pediría perdón por llegar dos horas tarde. Nadie culparía al tráfico de su impuntualidad crónica. Y los chats de vecinos quedarían en un silencio sepulcral, sin colapso del que quejarse, algo nunca visto desde que existe el grupo.

Los ciudadanos mirarían por la ventana, respirarían aire fresco bajo la sombra de un roble recién plantado, y entenderían la ironía suprema. Para sentirnos orgullosos de vivir en Samborondón, y dejar de agachar la cabeza, no hacían falta obras faraónicas ni presupuestos intergalácticos. Bastaba con la idea más revolucionaria y extravagante de todas: que alguien viniera a poner orden.