Opinión

Un acto de amor

Autora: Pilar Rahola/España.

Ha sido un enorme acto de amor”, decía Jordi Basté, y a esa convicción me sumo, segura de que hay que amar mucho, a corazón sangrante, ­para decidir que la muerte de tu pa­reja es una dolorosa y generosa decisión de vida. Nadie que no conozca lo que significa estar décadas al lado de su pareja viéndola sufrir día y noche, deseando la muerte casi a diario, pero encarcelada por unas leyes obsoletas y por un cuerpo imposible; nadie que no conozca esa terrible situación puede imaginar cómo debe de ser el ­dolor.

María José Carrasco sufría una esclerosis múltiple desde hacía 30 años, y hacía 20 que deseaba morir. De hecho, fue su marido quien la reanimó en 1998, después de un intento de suicidio, cuando aún era capaz de hacerlo por sí misma. A partir de entonces, la degradación de su cuerpo se aceleró al tiempo que se degradaba su vida, hasta llegar al punto terminal en el que se encontraba, casi ciega, con incontinencia, una delgadez extrema, incapaz de limpiarse, alimentarse o vestirse, reducida a la nada de lo que había sido. “No quiero dormirme, quiero morirme”, repetía cada vez que intentaban sedarla, porque esa era su opción de vida: no ser un vegetal, sino un ser humano que decidía en qué momento ponía el punto final. El último acto de libertad. La depredadora enfermedad que la había atrapado le había quitado todo, su pintura, sus horas al piano, su trabajo, sus viajes, sus movimientos, su esperanza. Sólo le dejó el tiempo, un tiempo lento, desgarrador, un tiempo con billones de segundos, uno tras otro, tic, tac, mirando a la nada y deseando que acabara todo. Lo intentó por ella misma, cuando aún podía, lo pidió a los médicos, lo grabó en vídeo, lo verbalizó a su gente, una y otra vez, cada vez, todas las veces, pero la inoperancia de partidos y políticos, incapaces de resolver el tema de la muerte digna, la condenaba a vivir, a pesar de que esa era la peor condena de muerte.

Una condena que acabó el martes pasado, cuando ambos decidieron que había llegado el día. Y después de grabar su deseo de morir en un vídeo, respondiendo afirmativamente cada vez que su marido se lo preguntaba, Ángel ofreció el último gesto de entrega y de amor a su mujer y le dio la sustancia que acabó con su vida. Ninguno de los dos era creyente, de manera que sabían que aquello era el final. Pero era un final escogido en libertad, rescatado de la voraz enfermedad que la torturaba y le substraía el último gesto de vida que le quedaba: la capacidad de decidir.

Veinte años antes, el caso de Ramón Sampedro pareció conmover a todos, y los micrófonos se llenaron de proposiciones, pero la cobardía política ha obligado a María José a sufrir el mismo calvario. ¡Qué ley malvada y obsoleta, la que obliga a un ser humano a morir en vida y a castigar a quien le ayude a llegar al final! Las leyes nunca deberían amparar el sufrimiento. Deberían ayudar a evitarlo.