Opinión

Ugandesa Nyanjura da voz a mujeres utilizadas

Aurelio Martín.

@Efe

Secuestrada a los 14 años, violada y torturada, la ugandesa Victoria Nyanjura está convencida de que la divulgación de las experiencias de miles de jóvenes secuestrados en su país, para convertirse en soldados o esclavos sexuales, terminarán haciendo “un mundo más pacífico y seguro”.

En una entrevista con Efe, antes de intervenir hoy en el V Encuentro “Mujeres que cambian el mundo”, en conversación con la periodista Rosa María Calaf, esta mujer de 33 años y dueña de un pasado desgarrador opina que estos problemas de esclavitud se solucionan desde el principio del conflicto.

Está convencida de que, cuando surge una guerra, los estados y los gobiernos se inclinan por apoyar a uno de los dos bandos, “pero no por la población civil, que es la que sufre”, mientras pide que si hay líderes políticos que tienen un problema donde se lesionan los derechos humanos, “que lo admitan y pidan ayuda”.

Nyanjura fue secuestrada en 1996 por el grupo paramilitar Ejército de Resistencia del Señor (LRA), cuando apenas tenía 14 años, permaneciendo como prisionera durante ocho años antes de poder escapar.

Violada y obligada a contraer matrimonio con un comandante de la milicia, fue trasladada en 1997 a Sudán del Sur, donde los niños se convertían en soldados y las niñas en esclavas sexuales para dar hijos a los miembros del grupo, siendo sometida a torturas y tratamientos inhumanos.

Aunque pudo librarse del secuestro, durante un enfrentamiento entre los rebeldes y el ejército ugandés, mucho antes había pedido morir para no continuar con tanto sufrimiento.

Ahora lo recuerda: “Le pedí a Dios que se llevase mi vida, me habían negado el acceso a la educación, a la familia, no tenía futuro, pude volver a casa pero no fue fácil acostumbrase, había recuerdos del pasado”.

Venció la decisión de salir adelante y Nyanjura volvió a la etapa de formación, licenciándose en Sociología del Desarrollo, en 2010, pensando que lo mejor que podía hacer es ayudar a otras personas que estaban en su situación, aunque no sea un trabajo bien pagado.

Después de subrayar que nunca será tan feliz, como si no hubiera sido secuestrada, reconoce que intenta poner una sonrisa en su boca e insiste: “Quise morir, pero eso no está bien”.

Desde 1984, en Uganda han sido explotados como soldados, sirvientes y esclavos sexuales entre 24.000 y 38.000 jóvenes y niños, según los estudios de la ONU que maneja esta mujer, ahora asistente en el Proyecto de Justicia y Reconciliación (JRP) y coordinadora de la Red de Defensa de la Mujer.

Recuerda que en la época de los rebeldes, el problema de los secuestros de niños era muy serio, a diario, mientras que ahora lo que se sufre es el impacto de esta forma de actuar y hay que tratar de ayudar a los afectados.

Victoria Nyanjura trabaja por la defensa de los derechos de las mujeres y los niños empleados en la guerra porque, cuando se producía su liberación o se escapaban, “ellas estaban totalmente solas, sin defensa ni apoyo, pero ahora, en grupo y teniendo una sola voz, llegan a entender lo que les había pasado”.

Tras lanzar un grito por el derecho a la educación pública, el fin último de esta mujer es “conseguir una sociedad pacífica, algo muy difícil, pero muy simple, dar voz a mujeres secuestradas como armas de guerra, una vez que ellas se deciden a hablar”.

Desde la JRP se trabaja en diferentes departamentos encargados de asuntos como la justicia de género, la movilidad de las comunidades, las finanzas y la provisión de documentación a quien carece de ella.

La red, según su coordinadora, es un foro que da voz a las mujeres raptadas, les defiende y facilita documentación, además de ocuparse de los niños que han nacido en las uniones de matrimonios forzados que no conocen la identidad del padre o tienen nombres que no se corresponden con su país o carecen de identidad.

Trabajan con muchas técnicas, incluso desde un programa de radio o a través de la danza y el canto, para ganarse la confianza de los jefes de las comunidades, pero lo que más le alegra a Nyanjura es que ya se han formado dieciséis grupos de mujeres que relatan sus dramáticas historias como terapia, para poder seguir avanzando en la vida.

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