Opinión

Turismo y cultura en Barcelona

 

EL TURISMO es una realidad desestacionalizada. En Barcelona, por ejemplo, la presencia de visitantes extranjeros es constante lo que tiende a estandarizar ciertas tónicas de comportamiento a las cuales se adapta con rapidez la oferta local de servicios. Los tour operadores y todo aquello que depende directamente de ellos trabajan a corto plazo, creando una sensación abusiva, no del todo cierta pero muy consolidada, sobre el uso de zonas comunes y hábitos cívicos.

Los estudios exhaustivos que se han realizado sobre el turismo en Barcelona demuestran que hay una diversidad de actividades mayor de la que sostienen las visiones estereotipadas que a menudo circulan por la red y que, en cualquier caso, la concentración turística en el centro de la ciudad nos es proporcionalmente mayor a la que se produce en otras ciudades de similar atractivo. Barcelona es, sin embargo, una ciudad pequeña. Valga para explicarlo una simple comparación con Madrid que es siete veces mayor. También es cierto que Paris tiene (Ille de France al margen), un tamaño similar al de Barcelona, pero su oferta cultural, arquitectónica y artística está mucho más diversificada.

La sensación de agobio turístico es mucho mayor en agosto que en otros meses del año, lo cual no se justifica estadísticamente dado que entre mayo y octubre la cifra de pernoctaciones en la ciudad es prácticamente similar.

El debate público sobre el turismo en Barcelona es tan poliédrico como posiciones ideológicas se mantengan. Los hoteles, la Barcelona del glamour y las tiendas caras, la playa urbana y la vestimenta, el precio de los restaurantes, el alcohol o el mundo más o menos legal de los alquileres de habitaciones. Todo es debatible, pero hay dos elementos que no podemos obviar. El primero tiene que ver con la existencia de una cierta oferta pasiva de contenidos para el turista y el segundo en una falta de segmentación de públicos que permita diversificarla.

En todo ello la cultura y las industrias creativas tienen un papel decisivo. Barcelona es una de las ciudades que más atrae a los estudiantes de Erasmus y no tenemos ningún programa que los direccione hacia un tipo de consumo cultural que genere un multiplicador a largo plazo en tanto que embajadores privilegiados de la ciudad en sus respectivos países. No hemos elaborado ningún proyecto cultural realmente significativo pensado para atraer futuros turistas con la complicidad de la Oficina de Turismo y los agentes del sector. La tasa cultural no repercute en el ámbito cultural con lo cual no hay inversión y muy poca reflexión.

Salvo los museos, el mundo cultural está mayoritariamente de vacaciones en agosto. Que cierre el sector privado es triste pero que lo haga el público incomprensible. En la medida que el turismo no ha conseguido convertirse en un vector esencial para la economía de nuestra cultura, el sector del espectáculo reduce costes concentrando sus vacaciones. No ocurre en ninguna otra ciudad con similar potencial.

Tal como evoluciona el mundo globalizado, el atractivo de una ciudad está en relación directa a los escenarios que construye. La clave del tema es administrar desde Barcelona los mensajes que queremos enviar al mundo y no depender de una cosmovisión creada desde las multinacionales del turismo. En el siglo XXI a todo esto se le llaman imaginarios culturales o si lo preferimos industria creativa, un constructo que abraza sin prejuicios todo el potencial del ocio y del conocimiento. (El Mundo/COLIBRI)