Opinión

Truth Social: Trump y el viejo imperialismo digital

Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.

Es una trágica ironía: el máximo impulsor de la mentira en nuestra época ha anunciado el lanzamiento, en febrero de 2022, de una red social llamada Verdad (Truth Social). Con ella Donald Trump busca plantarle cara a Twitter y a Facebook, de donde continúa desterrado. Su objetivo es generar una alternativa poderosa a esas y al resto de compañías de Silicon Valley. Pero es imposible escapar por completo de los territorios del enemigo: Truth Social se conseguirá en la app store de Google.

Tiene sentido que el magnate hotelero, después de haber presidido Estados Unidos, pase a gobernar el Trump Media and Technology Group: las corporaciones tecnológicas son los nuevos imperios. Y la inminente gran plataforma de medios y contenidos lo tiene todo para ser imperial: no solo cuenta con una fuerte inversión económica y una enorme masa de potenciales usuarios, también ostenta un oscuro mito de origen. Todas las mentiras del expresidente, todos sus ataques a la democracia y el asalto al Capitolio impulsan el éxito del proyecto embrión.

El estudio alemán Art+Com llevó a juicio a Google por supuestamente robar la idea y parte del código fuente de su proyecto TerraVision para crear Google Earth, como cuenta la serie The Billion Dolar Code de Netflix. Pero nadie es inocente en la historia narrada por la serie: TerraVision, a su vez, le sustrajo a la NASA en los años 90 su archivo de fotografías satelitales. Se trata de un patrón recurrente: Facebook tal vez no existiría sin el hackeo de datos privados que Mark Zuckerberg llevó a cabo en 2003, cuando era estudiante de la Universidad de Harvard; y en estos momentos se está investigando a Amazon por aparentar que apoyaba a start-ups para, en verdad, apropiarse ilícitamente de las claves de su éxito.

Hay movimientos similares en el origen de los grandes imperios digitales de nuestra época porque su ADN los emparenta con los proyectos imperiales de todas las épocas. Si nos limitamos a la modernidad, las gigantescas plataformas del siglo XXI se sitúan en la tradición de imperios como el de Portugal, España, Inglaterra o Estados Unidos. Lo que ahora se conoce como disrupción acumula milenios de historia: las innovaciones tecnológicas —en la cartografía, la navegación, la comunicación o el armamento obtenidos por medio del espionaje o la atracción de talento extranjero — están en el origen de todas las grandes expansiones y conquistas, ya sean territoriales o simbólicas.

Pese a las apariencias, Steve Jobs (Apple), Mark Zuckerberg, Elon Musk (Tesla) o Reed Hastings (Netflix) son imperialistas clásicos. En el cambio de este siglo, cuando las mujeres y afroestadounidenses optaban al poder en ese país y China sentaba las bases de su influencia global, los hombres blancos anglosajones de clase alta se las ingeniaron una vez más para seguir siendo centrales. En un mundo ya sin terras incognitas, entendieron que internet reseteaba la historia de la geopolítica: nacían infinitas regiones vírgenes que explorar, conquistar y explotar. El nuevo oro o el nuevo petróleo estaba en las grandes minas, reservas de datos y consumo que había bajo las capas geológicas de píxeles.

Como escribió Achille Mbembe en Necropolítica, la ocupación colonial sigue un patrón: “Producir líneas de demarcación y de jerarquías, de zonas y enclaves; el cuestionamiento de la propiedad; la clasificación de personas según diferentes categorías; la extracción de recursos y, finalmente, la producción de una amplia reserva de imaginarios culturales”. En efecto, los monocultivos de tabaco o té han dado paso a los de la publicidad o la atención, manteniendo la estructura férreamente jerárquica, la opacidad de los mecanismos de gestión y control, la mano de obra gratuita, semiesclava o muy precaria —de la obsesión por los likes y las granjas de clics a la plataforma de trabajo Amazon Mechanical Turk—, el expansionismo ilimitado o la tendencia hacia el monopolio.La responsabilidad de la cultura no se debe enmascarar. Es la gran cómplice del triunfo de la nueva versión de ese viejo modelo imperial. Si no hubiéramos incorporado acríticamente las redes sociales y las plataformas de contenidos a nuestras vidas; si no hubiéramos accedido en masa a publicar textos, fotografías, videos o incluso libros en ellas; si no nos hubiéramos integrado personal, creativa y profesionalmente en el nuevo ecosistema, ahora esas corporaciones no serían las dueñas del planeta.

Nuestra producción y nuestro consumo culturales —además— son ecológicamente insostenibles, como nos recuerda Benjamin Bratton en La terraformación: “La huella de los sensores, satélites y servidores de las ciencias de la Tierra es insignificante comparada con los verdaderos costos de carbono y energía de la computación empleada para la autoexpresión humana”.

El cambio ya se ha consumado. No hay marcha atrás en el incremento del poder de la hiperconexión, el Big Data y la inteligencia artificial. Pero la conciencia colectiva de la naturaleza imperial de los principales agentes globales de internet puede ayudar a su regularización, para que su existencia sea compatible con la de los Estados democráticos. Y también a una defensa sostenida de la diversidad: necesitamos los servicios de Google o de YouTube, pero también los de Filmin o Wikipedia.

washingtonpost.com

https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2021/10/21/truth-social-trump-silicon-valley/