Opinión

TRIBUNA INVITADA

Mi nevera nueva
Confieso que acabo de sentir una gran felicidad al comprar una nevera nueva para reemplazar la vieja, porque ahora los vegetales y frutas están ubicados en los cajones de arriba, en vez de los de abajo, y ya no tengo que agacharme con todo el peso de los años encima para alcanzarlos.

Digo “confieso” por reconocer cierta hipocresía mía: tiendo a criticar mentalmente a personas saliendo de Costco balanceando enormes televisores en un pequeño carrito, o que madrugan el Viernes Negro con lujuria consumista. Sin embargo, ahora yo me encuentro en las mismas. Esta pequeña contradicción apunta hacia una más profunda: tengo convicciones de izquierda siendo un miembro sólido de la clase media acomodada. Sin pensarlo mucho puedo comprar una nevera nueva o embarcarme en un crucero. Pero me duele que la mitad de la población viva bajo el nivel de la pobreza, y que las personas no puedan soñar con una vida como la mía a menos que se ganen la Lotería.

Claro, “Life is not fair” como dijo John F. Kennedy. Pero esta realidad no justifica la gran desigualdad social existente. Creo, como liberal progresista, que una función primordial del gobierno es hacer la vida más justa e igual. Trato de hacer mi parte por intranscendente que sea: entrego una peseta al que pide en la luz; hago trabajo voluntario; y dono dinero a una variedad de causas benéficas, aunque —otra confesión— cuando la ley permite lo deduzco de la planilla. Pero creo en la igualdad social y económica.

Por eso, me sentí incómodo al tener que contratar una persona para buscar e instalar la nevera; esto significaría entrar en una relación de patrono-obrero, de desigualdad humana y hasta de explotación. Sin embargo, y de nuevo contradictoriamente, terminé tan feliz con esta relación como con la misma compra. A través de nuestra ayudante doméstica, contraté un “handyman”, David, un hombre joven y jovial. Fuimos juntos en su vieja guagua a Home Depot para recoger la nueva nevera. Cuando llegamos a la casa con el masivo aparato, David se amarró un cinturón negro de carga y trató de bajarlo a la marquesina. No pudo.

Yo tenía miedo de que fuera a ser aplastado. Obviamente, hacía falta un ayudante. No me ofrecí. Por mi edad ya yo no sirvo para eso. David lo sabía, porque no me pidió ayuda. ¿Qué hacer? Estaba oscureciendo y ya la calle estaba desierta. Sin embargo, David lanzó un grito: “¿Hay alguien que nos ayude?” Instantáneamente apareció un hombre mayor, pero aún fuerte, con una mochila en la espalda. Había estado dirigiéndose en bicicleta hacia la avenida que separa mi urbanización de un residencial. Sin mediar palabra, el hombre estacionó la vieja bicicleta al lado del portón y ayudó a David a bajar la nevera.

Yo sabía que aun con dos hombres no sería fácil el trabajo que quedaba. Aguanté la respiración mientras David medía constantemente con una cinta las dimensiones de las tres puertas por las cuales había que pasar, abriendo y cerrando las de la nevera y hasta quitandoel cajón de abajo para lograr mejor los tránsitos a través de las aperturas estrechas, en momentos críticos colocando pedazos del cartón entre la pared y la nevera para no rayarla, e instruyendo a su compañero silente cuándo y cuánto empujar o halar. Llegada finalmente a puerto seguro en la cocina, la nevera deslumbraba por su blancura sin moho.

Me sentí feliz porque la operación fue exitosa, pero también porque los dos hombres lucían contentos y nada de oprimidos. David había utilizado su ingenio para superar un desafío complejo; se lo reconocí al decirle “ingeniero”. El otro ayudaba por el placer de ayudar, y alabé su desprendimiento. En un aparte, consulté con mi esposa y decidimos pagar a David más de lo acordado y así también algo al otro que no esperaba nada. El buen samaritano se lo merecía. Es cierto que toda la labor fue una transacción comercial, pero también resultó en una buena relación humana.

Para colmo de mi contentura, supe después que la vieja nevera que aún funciona no va para el vertedero sino como donativo a un centro de cultura.

 Por:  Tim Sherwood