Opinión

Toulouse-Lautrec

Jorge Alania Vera

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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

Medía 1.52 de estatura y era contrahecho. Pero aun así no perdía su talante aristocrático. Fue un gran pintor postimpresionista francés que murió a los 36 años abatido por el alcohol y por la sífilis. Van Gogh fue su amigo y también Degas. Se hizo asiduo visitante del Moulin Rouge y allí, entre trago y trago, pintaba a los actores, bailarines, clientes y prostitutas del lugar mientras se cambiaban, cuando acababan cada servicio o esperaban una inspección médica.

No le atraían los paisajes con esos verdes y amarillos luminosos que inmortalizó Van Gogh. Prefería los cuartos y los bombillos de luz eléctrica, para retratar, a su manera, los cuerpos y los trajes que se le cruzaban. Rechazado por la nobleza a la que pertenecía, se refugió en esas casas de extravío en donde sus discapacidades pasaban desapercibidas.

Sus borracheras acaban con frecuencia en accesos de locura. Estaba diagnosticado de lo que hoy se conocería como psicosis maniaco depresiva, además de tener ataques de parálisis en las piernas y en uno de sus costados. En medio de delirios- como el de disparar a las paredes de su casa creyendo que estaban llenas de arañas- pintaba con rapidez y con fruición. De una de las calles de Montmare de la que fue recogido en 1895, pasó a un sanatorio para enfermos mentales en el cual terminó una colección de pinturas sobre circos.

Toulusse- Lautrec fue un excelente cartelista. Su talento natural más la experiencia de tener que pintar los avisos de los burdeles, dieron a sus obras de este corte ese tono inflamado qué los distingue de cualquier otro.

Fue un adicto al ajenjo, que era el licor de moda en las buhardillas parisinas. Su fama de licor espirituoso le atrajo muchos devotos, algunos de los cuales como Touluse- Lautrec se inmoló en su nombre. Abotagado pero lúcido, vio en una ocasión a una muchacha delgada de pelo rojo y extraña hermosura. Era Carmen Gaudin y se convertiría en modelo de varios de los mejores retratos del postimpresionista, entre ellos La Lavandera.

A menudo repetía una frase irónica pero desdichada para sí mismo: soy feo pero la vida es hermosa. En ella se sumergió sin dilemas ni remordimientos.  Quiso ser honesto y soñador de sueños que se vuelven realidad, aunque fuera alto el precio a pagar por esa desmesura. Al final de su periplo por las calles y  burdeles de Montmart, su madre se lo llevó a su castillo de Arbí, en el sur de Francia, en donde murió a los 36 años tomado de su mano y de la infancia feliz que ella le dio.