Opinión

TORRES, UN GUERRERO

Dr. Orlando Amores Terán / Quito

 

Desde sus orígenes, tanto las fuerzas armadas como las policías, ingresan tres tipos de personas:

Aquellas con vocación, mística guerrera, a las que no les preocupa el sueldo ni las prebendas; solo les inspira el rigor en su formación para emplearla al servicio de la Patria.

Un segundo grupo está conformado por personas que ingresan por tradición familiar, pertenecen a familias de militares y policías; varios de ellos, aunque no en su totalidad, también tienen la mística guerrera.

El tercer grupo lo constituyen personas que ingresan a la fuerza pública porque la consideran una profesión más, similar a la arquitectura o la abogacía, relativamente rápida y medianamente remunerada, que les otorga ciertos privilegios. De este grupo, en su gran mayoría salen los militares y policías que se dicen «profesionales», burócratas con uniforme que comprenden que su estabilidad y ascensos dependen del sometimiento al poder de turno. Un número ínfimo de este grupo se contagia de la mística; la gran mayoría entiende a la Fuerza Armada y a la Policía Nacional como una oportunidad de hacer carrera profesional, para lo cual asumen una actitud servil, sumisa, mediocre; tienen terror de destacar con nombre e iniciativa propia porque saben que superiores en jerarquía, de igual condición a la suya, se sentirán rebasados y actuarán en defensa de su acomodaticia mediocridad, sancionando la eficiencia, la eficacia, la iniciativa.

Cuando este grupo de personas mediocres, obedientes, acomodaticias y sumisas es mayoritario en la fuerza pública, el deterioro institucional es evidente, porque este tipo de sujetos observan como peligrosos a los militares y policías que se destacan por su mística guerrera y por su tradición familiar.

No conozco al coronel Wilson Torres de la Policía Nacional, pero su expresión: «Los policías somos obedientes y no deliberantes, sí, pero obedientes a la ley, yo no voy a ser sumiso», me permite pensar que estamos ante un guerrero, no ante un policía «profesional» servil. Y ello provoca en mí solidaridad.

Otra sería la historia contemporánea del Ecuador si guerreros estuvieran en el mando institucional de la fuerza pública, habrían advertido que no tolerarían interferencias en la estructura organizacional y disciplinaria de la fuerza y le habrían retirado el apoyo al primer intento de destruir los sistemas de seguridad, al régimen más corrupto y nefasto de la historia nacional, que no solo destruyó la fuerza pública, otrora la institución más prestigiosa de la Nación, sino que corrompió la República durante la década infame 2007-2017.