Opinión

¿TOQUE DE QUEDA PARA QUIÉN?

Dr Jorge Alberto Norero Gonzaléz/Guayaquil.

 

El ministro del Interior anuncia un nuevo toque de queda en cuatro provincias y explica que la medida permitirá realizar fuertes operativos contra las organizaciones criminales.

La intención puede ser legítima. Lo que no debería estar fuera de discusión es la eficacia de la herramienta.

Porque hay una pregunta elemental: si el Gobierno anuncia con anticipación que habrá un despliegue extraordinario de fuerzas de seguridad durante determinadas horas, ¿no está también avisándole al crimen organizado que debe cambiar de horario, esconderse, movilizar sus recursos o simplemente esperar a que pase la tormenta?

Los criminales no tienen toque de queda.

Las organizaciones delictivas no fichan a las 08:00 y salen a las 17:00. No descansan los fines de semana ni suspenden sus negocios por feriado. El narcotráfico, la extorsión, el sicariato, el secuestro y el lavado de dinero funcionan como empresas criminales que operan 24 horas al día, siete días a la semana.

Entonces, si el Estado concentra su ofensiva entre las 00:00 y las 05:00, cabe preguntar qué ocurre durante las otras 19 horas.

Y hay una preocupación todavía mayor.

Estamos atravesando una emergencia relacionada con el fenómeno de El Niño.

¿Qué sucederá si durante esas horas se produce una inundación, un desbordamiento, un incendio, un derrumbe o cualquier otra emergencia que obligue a miles de personas a abandonar sus viviendas?

¿Una madre con sus hijos deberá permanecer encerrada mientras el agua entra a su casa?

¿Un ciudadano que intenta rescatar a un familiar estará cometiendo una infracción?

Naturalmente, deben existir excepciones para emergencias. Pero precisamente por eso el Gobierno tiene la obligación de explicar con absoluta claridad cómo funcionará el sistema de respuesta cuando una emergencia natural coincida con el toque de queda.

Y existe otra pregunta que tampoco debería incomodar:

Si el país está en guerra contra el crimen organizado, ¿quién estará trabajando mientras los ciudadanos están encerrados?

¿Los policías?

¿Los militares?

¿Los servicios de inteligencia?

¿Aduanas?

¿Fiscalía?

¿Los funcionarios responsables de las emergencias?

¿Los servicios de salud?

Por supuesto que no pueden detenerse. Tendrán que trabajar mientras el resto de la población permanece en sus casas.

Y eso nos lleva al punto central:

El toque de queda no puede convertirse en sustituto de la inteligencia, la investigación criminal y la capacidad permanente de reacción del Estado.

Si el objetivo es desarticular estructuras criminales, necesitamos conocer los resultados: cuántos cabecillas fueron capturados, cuántas armas fueron incautadas, cuántos centros de operaciones fueron desmantelados, cuánto dinero fue localizado, cuántas rutas fueron neutralizadas y cuántos procesos judiciales sólidos se iniciaron.

Porque llenar las calles de uniformados puede producir una sensación de seguridad. Desmontar las estructuras que financian, ordenan y ejecutan el crimen es otra cosa.

Y tampoco podemos olvidar algo fundamental: cada toque de queda tiene un costo económico y social. Hay trabajadores nocturnos, transportistas, comerciantes, personas que viven de actividades que terminan tarde y ciudadanos que necesitan movilizarse por razones legítimas.

Por eso el Gobierno debe demostrar que el sacrificio que nuevamente se pide a la población produce resultados superiores al costo que se le impone.

Nadie razonable puede oponerse a que el Estado persiga al crimen organizado.

Pero tampoco podemos aceptar que cada crisis de seguridad termine resolviéndose de la misma manera: restringiendo la libertad del ciudadano mientras el delincuente simplemente adapta su operación.

La verdadera pregunta no es si debe existir un toque de queda.

La pregunta es mucho más incómoda:

¿Estamos encerrando al delincuente o estamos encerrando al ciudadano mientras el delincuente cambia de horario?

Porque si después de tantos estados de excepción, toques de queda y despliegues extraordinarios el crimen continúa operando con la misma capacidad, entonces quizá ha llegado el momento de revisar no solamente la cantidad de policías que ponemos en las calles, sino la estrategia con la que estamos enfrentando al enemigo.

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