Opinión

TODAVÍA NO SE VE LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL.

Antonio Aguirre Medina / Guayaquil

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Da la apariencia de una tregua delictiva en las partes céntricas de las ciudades más grandes del país. El resto, es decir, los barrios más apartados y las ciudades más pequeñas y, por supuesto, abandonadas, la delincuencia es común y prácticamente parte de la acostumbrada vida ciudadana.

Hay que reconocer que el gran tráfico de drogas sí ha sido combatido con eficiencia, pero no eliminado. Por el otro lado de la moneda, el microtráfico y los vendedores ambulantes están en pleno auge.

El régimen de control carcelario ha mejorado sustancialmente y por ahora no se conocen nuevos intentos de fugas ni levantamientos dentro de los penales, seguramente debido a un mayor control en el ingreso de armas letales. Sin embargo, todavía estamos muy lejos de enorgullecernos de haber sido considerados como una Isla de Paz.

Gran parte de la culpa recae en haber aceptado los cambios calificativos promovidos por los Defensores de los Derechos Humanos. Por ejemplo, los presos por actos delictivos pasaron a llamarse P.P.L. (Personas Privadas de Libertad) y a las DROGAS, Sustancias Sujetas a Fiscalización. Ambos términos deberían regresar a sus olvidados orígenes para una mejor identificación de la delincuencia organizada.