Realidades

Tener límites: los niños también tienen cierto derecho a ponerlos

Si queremos brindarles a los niños la capacidad de cuidarse a sí mismos debemos respetar los límites de su libertad personal. Si los pisoteamos, cualquier persona adulta después lo hará sin dificultad

¿Cómo tratas al niño?

Para que los niños puedan hacer uso de los propios límites de su libertad personal necesitan mucho tiempo para llegar a ser conscientes de ellos. Y no lo conseguirán sin la ayuda de los adultos de quienes dependen. Sin embargo, no se trata solo de decirles a los niños que tienen el derecho a que otros respeten sus límites personales. Mucho más que las palabras, lo que influye en un niño es cómo lo tratan los adultos que lo cuidan.

No existe otra forma de enseñarle a alguien el derecho que tiene a que se respete su propio espacio que respetándolo. Este es el tipo de conocimiento que no puede ser “metido a la fuerza” en la cabeza. Aquí, cualquier prueba de “meterle esto en la cabeza” tiene exactamente el efecto contrario. Los límites que tiene el niño están en cierto sentido en manos de sus padres y depende de los padres, en primer lugar, que sus hijos puedan defender su libertad algún día, o si esta condición será borrada o anulada en ellos.

Déjale elegir

El niño aprende cuáles son los límites de su libertad al experimentar con el espacio en el que puede manifestarlos. Los padres que desean que su hijo o hija algún día sepa decir “no”, pueden crear el espacio para experimentar esos límites, dándole al niño opciones a partir de las cosas más simples. ¿Quieres comer un sándwich? ¿Con queso o jamón? ¿Quieres comer ahora o en un cuarto o media hora, cuando tengas hambre?

El tema de la comida no aparece aquí por casualidad. Los límites de la libertad personal están fuertemente conectados con el cuerpo y este es el primer lugar donde se sienten. Si se le obliga al niño a cenar cuando éste no tiene hambre o se siente disgustado al ver espinacas en su plato, su radar natural que le permite reconocer lo que no está dentro de los límites de su libertad personal, queda invalidado. El cuerpo dice “no”, pero alguien importante sugiere que “es necesario”.

Durante mi infancia estaba de moda decir “hay que comer con cabeza”, y esta fue una de las formas de sellar el divorcio de la razón y el cuerpo. Mientras tanto, las ganas de vomitar nos informan que no se debe subestimar el cuerpo que es sabio y expresa nuestras necesidades, por lo que sería bueno escucharlo.

Algo parecido ocurre con el acto de vestirse. Una niña obligada a llevar vestidos incómodos que no podían ensuciarse porque su madre sufriría un ataque de corazón (por gastar tanto dinero en comprarlos), aprende que lo que dice su cuerpo sobre la necesidad de comodidad o libertad de movimiento es irrelevante. Lo más importante es que mamá no esté triste. Incluso si la madre trata a su hija como parte de su propia imagen y la viste de una determinada manera para lidiar con algunos de sus propios complejos no superados.

La capacidad de reconocer nuestros propios límites de la libertad personal se desregula de modo similar al termostato interno. El sobrecalentamiento sistemático (por ejemplo, porque los padres tienen miedo a que sus hijos enfermen) lleva al mismo fin: a la pérdida de la capacidad de evaluar lo que es necesario y lo que es un exceso. Mientras tanto, lo más importante es aprender a decir “no”.

Enséñale a decir “no”

Igual de destructivo para esta habilidad es obligar a los niños a besar a sus tías y tíos cuando no quieren hacerlo. Forzarlos a recitar poemas y tocar instrumentos durante las reuniones con familiares y amigos para complacerlos. Dondequiera que estemos dispuestos a sacrificar el “no” de nuestro propio hijo para satisfacer nuestra propia necesidad o para “no hacerles sentir mal” a los demás (o para que piensen bien de nosotros), enseñamos a los niños que este comportamiento es válido. Que su “no” no importa.

Además, contribuye a esto el castigo corporal que es una clara evidencia de la violación de los límites de la libertad personal. En el futuro, los niños usarán estas lecciones de una manera que probablemente no querríamos. Después de todo, deseamos su bien. Si les enseñamos que los adultos siempre tienen razón y siempre tienen que ser amables con ellos, reprimimos persistentemente todas las manifestaciones de enojo, aversión o de su propia iniciativa, algún día nuestros hijos se verán vulnerables ante otras personas. Y en una situación en la que algún adulto querrá hacerles daño, pensarán que esto forma parte del mundo, porque así les enseñaron.

Si queremos brindarles a los niños la capacidad de cuidarse a sí mismos y saber decir “no”, debemos respetar sus límites y tratar de escucharlos cuando hablamos de ellos. Si los pisoteamos, cualquier persona adulta después lo hará sin dificultad.

Fuente: Revista VIVE