Opinión

Sucias correspondencias

En estos días he estado leyendo a Pedro Juan Gutiérrez, un escritor cubano contemporáneo cuya prosa lo ubica en algo así como una versión caribeña de lo que los letrosos llaman “realismo sucio”, para agrupar a ciertos autores estadounidenses destacados por una narrativa cruda que refleja las vivencias de personajes marginales con un lenguaje “vulgar”, “mordaz”, “procaz”, “cáustico”, “cínico” o verdadero, real y honesto, según los escrúpulos de quien los lea. Aunque el tipo no se reconoce en esa etiqueta, yo creo que le calza muy bien tanto lo de “realismo” como lo de “sucio”. A mí sus relatos se me parecen a la lírica callejera del poeta caricuense Efraín Valenzuela.

El libro Trilogía sucia de La Habana comprende un conjunto de cuentos ambientados en la Cuba de 1994, en medio de los más duro del llamado “período especial”, cuando el recrudecimiento del bloqueo impuesto por EEUU y la desaparición de la URSS sometieron a la isla a una brutal crisis económica sin precedentes. La gente feamente flaca, bipolar y angustiada por el hambre, buscando “resolver” la vida, o al menos el día.

Las oficinas públicas sin gente, o con alguna gente pero sin trabajar. Señoras desesperadas gritando por la falta de agua. Jóvenes inventando cómo hacer para irse del país. Edificios desmoronándose en la suciedad y adentro hombres y mujeres refugiados en el alcohol y el sexo, al tiempo que la violencia brota en calles, escaleras y habitaciones. Todo se reduce a encontrar dinero, con la aclaratoria de que “si no tienes dólares estás frito”.

Al recorrer este libro, más que el estilo y el lenguaje, lo que resuena en mi cabeza como ecos tormentosos son las inevitables correspondencias entre las historias y la actual realidad de la gente que está jodida en Venezuela. Es espeluznante darse cuenta de que lo nuestro apenas comienza, aún no hemos llegado al 1994 cubano. Pero las señales están ahí, en los cuerpos flacos, las ropas raídas y la tristeza de nuestras caras.

Venezuela tiene la capacidad de detener la crisis. Destrabar el juego político quizás pase por pensar un poco menos en las conveniencias de las élites y un poco más en los sufrimientos del pueblo.