Opinión

‘Stranger Things’: el pop, entre el exorcismo y la evasión

La cuarta temporada de Stranger Things ha sido, al mismo tiempo, la mejor y la peor. Los siete capítulos de su primer volumen lograron involucrarnos emocionalmente y sorprendernos con sus giros argumentales. Pero los dos largometrajes que constituyen el segundo, pese a la potencia de algunas de sus escenas, han sido incapaces de prolongar esa tensión. Y aunque haya crecido nuestra complicidad con la pandilla adolescente hasta convertirse en fraternal —o según la edad del espectador, en paternofilial—, ha sido decepcionante ver cómo la mente colmena de los enemigos monstruosos del Mundo del Revés (Upside Down) tenía, en realidad, un único cerebro central.

Cuando se acerca la temporada final, por tanto, los personajes colectivos se disuelven en dos protagonistas únicos: la superheroína Eleven contra Vecna, el supervillano. Lo que parecía una ficción que revisitaba los años 1980 desde una mirada nostálgica y en red del siglo XXI es, en realidad, un relato maniqueísta en la línea de El señor de los anillos o de Harry Potter. Si quieres ver una serie sobre la adolescencia exigente, poliédrica, desasosegante y de nuestra época, ya tienes Euphoria, parecen decirnos los hermanos Duffer, creadores de la serie: nosotros lo que buscamos es refugiarnos en las certezas de los tópicos y del mainstream, en el carácter apaciguador de los esquemas trillados. Que es lo que busca la unánime mayoría.

El contexto histórico ha favorecido la recepción de la serie. Cuando los Duffer decidieron mezclar los imaginarios de la ciencia ficción y del terror con el de la Guerra Fría no podían intuir que Vladimir Putin atacaría a Ucrania y precipitaría la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Es decir, que Stranger Things conviviría con el regreso de la Guerra Fría. Tampoco podían prever que un nuevo virus pondría en jaque a la humanidad entera, ni que provocaría la proliferación inaudita de teorías de la conspiración —que implicarían a laboratorios secretos—, y el incremento de la ansiedad y el miedo.

El conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y el trauma y la inseguridad psicológica de algunos personajes secundarios —las víctimas de Vecna— y de la propia Eleven, son la representación macro y micro de un mismo fenómeno que la serie ha sabido explorar magistralmente. Todos los sujetos, colectivos e individuales, desde las potencias mundiales hasta los niños, estamos unidos por los mismos monstruos. Unos seres terribles que esperan el momento adecuado para despertar y crecer en nuestro interior: la violencia de un padre, un accidente científico, una emergencia sanitaria, la invasión de un país vecino.

Pero el contexto favorable no solo lo encontramos en la geopolítica y en la pandemia mental, sino también en la propia plataforma. Stranger Things forma parte de la constelación de series de Netflix que han batido los récords de audiencia de esa plataforma durante los últimos cinco años, junto con La casa de papel El juego del calamar. Tres proyectos muy diferentes y, no obstante, con una genética muy parecida. Un conjunto de personajes configura una familia artificial que se enfrenta a un desafío complejo. La superación de las pruebas, la resolución de los enigmas adquiere, en el plano de la acción dramática, la forma de la superación de pantallas de un videojuego y de las fases sentimentales de múltiples relaciones de pareja; y, en el de la semiótica, implica la activación de los espectadores, que se transforman en radares o detectores de guiños y referencias. Al mismo tiempo que crean una mitología y un mundo, las obras también patentan una estética propia, potencialmente viral: las máscaras de los atracadores, los uniformes de los guardianes, las arquitecturas del laberinto lúdico, las siluetas ochenteras que nos recuerdan a Los Goonies o E.T. Todo ello recorrido por formas varias de la nostalgia.

Si en la segunda temporada de Euphoria la figura clave es Lexi, que convierte en una barroca representación teatral la vida de las protagonistas de la serie, en la cuarta de Stranger Things ese rol autoconsciente es asumido por Max. “Él ve la oscuridad en nosotros, yo tengo que ir en la dirección contraria, hacia la luz”, dice cuando se dispone a ser el cebo que les permita acabar con Vecna. Pese a la vertiginosa y perfecta narración de los ataques simultáneos, en frentes diversos, de los cinco grupos de personajes que se encuentran en espacios distintos durante el clímax que provoca esa decisión sacrificial en el último capítulo; el momento realmente cumbre de la temporada ocurre en la conclusión del episodio cuarto, cuando la propia Max es rescatada in extremis por sus amigos de las garras del terror. No es solo es el momento álgido emocional de la temporada. También es su clave conceptual.

The Washington Post