Opinión

 SORPRESA BANCARIA.

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil.

 

Bueno… realmente no es una sorpresa.

Esto viene ocurriendo desde hace años y las mujeres afectadas no hemos alzado nuestras voces. Ya es hora de hacerlo.

Este mensaje debería convertirse en una alerta para la Superintendencia de Bancos, la Asamblea Nacional y para los millones de mujeres emprendedoras y trabajadoras con las que cuenta el país, mujeres que somos, sin duda, el verdadero motor que mueve la economía nacional.

Sin olvidar a todas y cada una de las ecuatorianas que emigraron y que, mes a mes, a base de sacrificio y esfuerzo, envían remesas para la manutención de sus hijos y familias.

¿Y por qué empiezo este artículo hablando de “sorpresa bancaria”?
Porque, con todo el respeto que merecen muchos caballeros, pareciera que jamás pensaron más allá de sus propias realidades al elaborar leyes y disposiciones absurdas y discriminatorias para el sexo femenino.

Por ejemplo, estos ilustres señores, sentados en sus cómodas oficinas y rodeados de todas las facilidades posibles, olvidaron cómo fueron criados por sus madres. Solo así podría entenderse el hecho de solicitar a una mujer la firma de su esposo para obtener un crédito.

Y lo más curioso es que esto no ocurría en el año 1985.

Posiblemente algún desafortunado funcionario tuvo una mala experiencia y decidió actuar en consecuencia, generalizando situaciones y perjudicando a miles de mujeres honestas y trabajadoras.

Si una persona es dueña de una propiedad y el banco ni siquiera va a hipotecarla, sino únicamente tomarla como referencia, ¿por qué exigir certificados de pago de impuestos para otorgar un crédito de apenas $1.000, $5.000, $10.000 o $20.000?
Resulta absurdo desde todo punto de vista.

Hoy, una mujer de 50, 60 o 70 años, con fuerza, experiencia y capacidad para seguir trabajando y sacando adelante a su familia, muchas veces no puede acceder a un préstamo porque su esposo está enfermo o incapacitado para producir.

Entonces, el banco exige conocer los ingresos del cónyuge e incluso revisar su historial en el buró de crédito.
Es decir, se termina amarrando a la mujer productiva, capaz y responsable, que bien podría ser la madre de alguno de los funcionarios que diseñaron estas normas.

Y todo esto, sin importar que esa mujer tenga solvencia económica, sea jubilada o posea ingresos adicionales que le permitan demostrar perfectamente su capacidad de pago, que es, en teoría, lo que debería interesarle a la banca.

Por todo lo expuesto, no puedo dejar de recordar al Ing. Marcel Laniado de Wind, quien formó grupos de jóvenes y los envió a tocar las puertas de miles de hogares para preguntarles a mujeres sin oportunidades en qué les gustaría trabajar y cuánto necesitaban para empezar.

Es hora de que la banca abra los ojos, retome ese ejemplo y vuelva a mirar a la gente real.
Y no solamente a sectores populares como Guasmo o Suburbio, como antes se hacía, sino también a sectores como Samborondón, donde detrás de una aparente comodidad también existen necesidades, preocupaciones y familias luchando por salir adelante.

Este llamado de atención también va dirigido a la primera dama, Lavinia Valbonesi, quien con entusiasmo ha llegado a muchos sectores llevando ayuda, motivación y esperanza a quienes más lo necesitan.

Asimismo, este mensaje va dirigido al Presidente de la República y a su Ministro de Finanzas.

El dinero encerrado en las bóvedas de los bancos no genera riqueza.
La prosperidad de un país nace cuando ese dinero circula, cuando impulsa pequeños negocios, emprendimientos y oportunidades reales.

Para ello deben crearse servicios financieros acordes con la verdadera realidad económica del país. Porque, aunque el Ecuador haya mejorado en ciertos aspectos gracias a la gestión gubernamental, para miles de hogares la estabilidad aún sigue siendo una quimera por falta de oportunidades.

Espero que este mensaje genere conciencia y permita comprender una realidad que pocas veces se analiza: el hombre, en muchos casos, se enferma primero o muere primero, y es la mujer quien queda sosteniendo sola el peso del hogar y las responsabilidades económicas.

Por eso, es urgente reformar las leyes y eliminar las trabas que limitan a las mujeres al momento de solicitar un crédito.

Una mujer con capacidad de pago, responsabilidad y deseos de trabajar debería poder acceder a financiamiento cuando bien le venga en gana, sin obstáculos innecesarios ni requisitos discriminatorios.