Opinión

Soberanía, cooperación y el incómodo relevo de la Fuerza Aérea

Dr Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Hay palabras que, cuando entran en el debate político, terminan perdiendo su verdadero significado.

Soberanía es una de ellas.

Algunos parecen creer que cooperar con Estados Unidos equivale a renunciar a ella. Otros parecen pensar que aceptar asistencia militar extranjera significa entregar parte del territorio nacional.

No comparto ninguna de las dos posiciones.

La soberanía ecuatoriana no está en discusión. Nos pertenece y nos corresponde ejercerla.

El problema es que para ejercerla no basta con declararla. Hay que tener radares, aeronaves, inteligencia, satélites, comunicaciones, logística, tecnología, capacidad de transporte y recursos suficientes para enfrentar a organizaciones criminales que tienen dinero, tecnología, información y conexiones internacionales.

Y Ecuador, sencillamente, no posee por sí solo todas esas capacidades en la dimensión que esta guerra exige.

Por eso Estados Unidos se ha convertido en un aliado indispensable y en un socio estratégico difícilmente reemplazable.

La cooperación bilateral contempla asistencia en inteligencia, radares, tecnología, capacitación y operaciones de interdicción aérea. Durante agosto de 2026, además, Ecuador estableció procedimientos para el ingreso y permanencia temporal de personal estadounidense vinculado al Departamento de Defensa.

Por eso el debate serio no debería ser:

¿Estados Unidos sí o Estados Unidos no?

La pregunta debería ser:

¿Cómo cooperamos con Estados Unidos sin perder la capacidad ecuatoriana de decidir sobre nuestro propio territorio?

Y esa diferencia es enorme.

La cooperación necesita reglas

Precisamente por eso llaman la atención los documentos elaborados desde la Fuerza Aérea que plantean la necesidad de establecer un marco para los vuelos temporales estadounidenses, el uso de infraestructura, los niveles de autorización, las responsabilidades, la seguridad, la supervisión y el control.

Eso, en sí mismo, no me parece sospechoso.

Al contrario.

Si aeronaves estadounidenses van a operar temporalmente en Ecuador, lo razonable es que existan reglas claras.

Si van a utilizar infraestructura ecuatoriana, debe establecerse bajo qué condiciones.

Si participan en operaciones conjuntas, debe saberse quién tiene el mando.

Y si una aeronave extranjera fuera atacada por un dron mientras participa en una operación dentro de nuestro territorio, debemos saber de antemano quién decide, quién responde y bajo qué reglas se emplea la fuerza.

Eso no es limitar la soberanía.

Eso es ejercerla.

Entonces aparece la verdadera pregunta

Si el general Mauricio Salazar tenía preocupaciones sobre los términos, alcances o consecuencias de esa cooperación, hay una pregunta que resulta inevitable:

¿Por qué esas preocupaciones no fueron planteadas oportunamente ante el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas antes de la celebración del acuerdo?

No estoy afirmando que no lo haya hecho.

No tenemos evidencia pública suficiente para decirlo.

Pero precisamente por eso necesitamos una explicación.

Porque el comandante de la FAE no está aislado del sistema de mando militar. Su Comandancia General forma parte de la estructura de las Fuerzas Armadas y está subordinada al Comando Conjunto.

Si existía una objeción sustancial, una discrepancia estratégica o una preocupación respecto de la participación estadounidense, el cauce natural era institucionalizarla y elevarla por la cadena de mando.

Y si así ocurrió, debería poder demostrarse.

Si no ocurrió, entonces también debemos preguntarnos por qué.

Aquí es donde el relevo adquiere otra dimensión

El presidente Daniel Noboa dispuso el 10 de septiembre el relevo de Salazar y designó a Mauro Bedoya Avilés como nuevo comandante de la FAE.

El Decreto Ejecutivo 496 agradece al comandante saliente sus servicios y termina sus funciones, pero no expone públicamente una sanción disciplinaria como fundamento del cambio.

Salazar había asumido el cargo apenas el 1 de septiembre de 2025.

Por tanto, resulta legítimo preguntar:

¿Por qué se produjo el relevo antes de completar los dos años previstos para el período ordinario?

También sabemos que el Ministerio de Defensa había enviado al Ejecutivo una terna de generales el 11 de agosto.

Eso demuestra que el proceso de sustitución venía gestándose antes de que el cambio se hiciera público.

Pero no responde a la pregunta fundamental:

¿Qué motivó realmente la decisión?

No necesitamos convertir una duda en una acusación

En redes sociales ya aparecen calificativos como “dictadura”, mientras algunos editoriales hablan de “alienación” en lugar de alianza.

Creo que ambas posiciones pueden llevarnos por un camino equivocado.

Ecuador necesita a Estados Unidos.

Lo necesita porque estamos enfrentando a un enemigo que no respeta fronteras y porque nuestras capacidades son insuficientes para controlar simultáneamente cielo, mar, fronteras, puertos, ríos y territorio.

Pero precisamente porque necesitamos a Estados Unidos, la relación debe ser transparente, institucional y estratégicamente inteligente.

Un aliado indispensable no debe convertirse en un amo.

Pero tampoco debemos convertir la cooperación indispensable en una sospecha permanente.

La verdadera defensa de la soberanía

La soberanía no consiste en decirle al mundo:

“Aquí nadie entra”.

La soberanía consiste en tener la capacidad de decir:

“Aquí cooperamos bajo nuestras reglas, con nuestras autoridades, dentro de nuestro ordenamiento jurídico y sabiendo exactamente quién tiene el mando”.

Si eso fue lo que buscaba el general Salazar al promover un marco regulatorio, entonces no habría razón para incomodarse por su existencia.

Y si, por el contrario, esos documentos pretendían obstaculizar una política de cooperación previamente aprobada por las autoridades competentes, también corresponde explicarlo.

Porque en ambos casos existe una salida sencilla:

transparencia.

Que se conozcan los documentos.

Que se conozca la cadena de decisiones.

Que se explique qué se acordó con Estados Unidos.

Que se diga qué papel corresponde a la FAE, cuál al Comando Conjunto y cuál al Ejecutivo.

Y que se explique, finalmente, por qué un comandante que llevaba apenas un año en funciones fue reemplazado en este preciso momento.

No para alimentar teorías de conspiración.

No para convertir al Gobierno en una dictadura por decreto.

No para presentar a Estados Unidos como un enemigo.

Sino para algo mucho más importante:

que los ecuatorianos sepamos exactamente hasta dónde llega nuestra cooperación, dónde comienza nuestra responsabilidad y, sobre todo, quién manda cuando un avión extranjero surca nuestro cielo.

Porque la soberanía no se pierde por pedir ayuda.

Se pierde cuando, después de pedirla, dejamos de saber quién toma las decisiones.

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