Opinión

Sincericidio y suicidio por verdad

NÍNIVE ALONSO BUZNEGO.

FILÓSOFA Y ABOGADA

Desde España, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

ninivealonsoabogada@hotmail.com

 

¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y matarle  a quien intentara desatarles y hacerles subir [a la verdad]?

(517 a, La República, Platón)

La verdad siempre ha sido peligrosa y lo recordaba leyendo hace poco un muy interesante artículo de la psicóloga especialista Raquel Buznego – suerte que además de mi maestra, sea mi madre- Mentir con dignidad, y me hacía reflexionar sobre lo que hemos debatido tantas veces: la innecesaria y temeraria forma de enfrentarse al mundo “con la verdad por delante”.

Últimamente la sinceridad, parece estar en boga, o al menos en determinadas situaciones –en otras la “apariencia” de sinceridad-, que rozando por un lado la mala educación y la falta de empatía y por otro, el desnudo emocional y la futura inseguridad personal, parece ser un valor obligado a tener y demostrar.

Raquel, en su ensayo, explicaba, sin embargo, que la mentira ha sido una herramienta consustancial a la vida y que ha resultado necesaria, junto las estrategias de ocultamiento y engaño, para la supervivencia animal y humana, y recordaba también la importancia de la mentira como remedio de males que decía Platón, acolchando esa verdad sin ambages resulta tan dura que podría ser mortal si uno no está preparado para ella.

Piensen, por ejemplo, en esos médicos que, sin tacto alguno ni empatía, le dicen al paciente que le quedan tres meses de vida y que ¡no hay nada que hacer!, sin haber siquiera indagado a través de su familia si la persona preferiría saberlo “de golpe”, por pasos, o morir plácidamente en la idea de seguir luchando contra su enfermedad.

En esta línea trataré de explicar sucintamente una parte de mi sistematización filosófica sobre la verdad y su expresión violenta:

La primera forma sería el “sincericidio” o “matar a alguien con la verdad”, y la segunda, “matarse a sí mismo” por contarlo todo, o “suicidio por verdad”, dos formas extremas e innecesarias de la franqueza mal entendida.

Dentro del tipo “matar a alguien con la verdad” estaría el caso del médico que decía líneas arriba, quien, no pensando más allá de su pulcritud técnico-facultativa, derriba cualquier atisbo de esperanza, y propina un mazazo terrible en aras de una verdad que además no es ni fija ni taxativa -se han visto casos de sobrevivir sorprendentemente a las expectativas- y que desde luego es cruel por demás.

También estaría el caso más prosaico de la persona que a bocajarro, te dice “yo soy muy sincero” y te explica lo feo y gordo que estás, lo desmejorado o envejecido que te ve o lo que opina de tu vida afectiva, dándote una bofetada con su supuesta bendita sinceridad -aunque ni hayas preguntado-.

El “suicidio por sinceridad”, es más complejo y sutil, un peligro mortal en el que nos ponemos cuando desplegando nuestra inocencia o nuestras ganas de contar nuestras cosas, damos excesiva información de nuestra vida privada, sentimental, laboral, familiar e incluso ideológica a la primera de cambio: en el primer café con un ligue, en una red social, o con un nuevo colega.

Si explicamos nuestras debilidades o enviamos documentos, sin pasar el filtro adecuado del intercambio equilibrado, el tiempo y los vetos necesarios, estaremos olvidando que la información es poder y que el que hoy es un nuevo amigo, mañana puede ser un nuevo enemigo que blande sus armas contra nosotros: ¡esas armas que nosotros mismos le regalamos!

Nos matarán por haber sido veraces y sinceros en exceso, algo que ya nos avisó el divino Platón en el mito de la caverna de su República.