Opinión

Sin juicio, pero en la verdad

María Verónica Vernaza G./ Guayaquil.

En el 2013, en el viaje de regreso a Roma, luego de la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, las palabras del Papa Francisco dieron la vuelta al mundo, y tuvieron un impacto mucho mayor que el de todos los discursos pronunciados durante su estadía en dicho país. La frase célebre fue: “Si una persona es gay, quién soy yo para juzgarla”, dando así el consentimiento para las relaciones homosexuales… ¿cierto?

Obviamente las palabras fueron sacadas de su contexto. La frase completa es: “Si una persona es gay y busca a Dios, y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?” Toda búsqueda de la Verdad, toda búsqueda de Dios, implica una conversión. ¿Cuántas veces Jesús en los evangelios les repite a los que acaba de curar: “Vete y no peques más”? El encuentro con Cristo lleva consigo un cambio de ruta.

En el mes de marzo el Vaticano publicó un documento llamado Comentario del Responsum ad dubium muy claro y preciso en donde prohibía bendecir las uniones homosexuales, y, sin embargo, en mayo ciertos sacerdotes en Alemania realizaban con bombos y platillos dichas bendiciones, confrontándose de manera explícita con el Papa Francisco.

Muchos católicos están apenados porque el Papa no se ha pronunciado al respecto. Pero el Vaticano sí que lo hizo, porque el escrito, -repito- es claro y preciso. No podemos pedir que el Vicario de Cristo emita personalmente una declaración con cada acontecimiento que sucede en el mundo. Más aún cuando los detractores del Papa esperan con ansias tergiversar sus palabras. Para eso existen los dicasterios, en este caso la Congregación para la Doctrina de la fe.

Bendecir relaciones homosexuales sería aprobarlas, darles el estatus de un sacramento. Se pueden bendecir a las personas, pero en ciertos casos no se pueden bendecir las acciones de esas mismas personas. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que la homosexualidad es un acto “contrario a la ley natural” y que por ende está cerrado “al don de la vida (2357); que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza”, evitando “todo signo de discriminación injusta (2358); y que como cualquier laico célibe “están llamados a la castidad” (2359).

Hoy, la homosexualidad sigue siendo un tabú, aunque algo más aceptado socialmente. Se cuenta en voz baja cuántos “homosexuales” hay en la familia o entre los amigos, pero se los recibe con abrazos abiertos y algarabía. Creo que, en esta generación, que le gusta autopercibirse y autonominarse, la confusión sexual es más común, porque la sexualidad a la larga se convierte en una diversión más, que puede cambiar según el ánimo del día. De esta manera, declarar que soy una mujer heterosexual, porque así lo indican mis genes y mi ADN, es un acto de rebeldía.

No podemos pretender usar la carta de “Dios es Misericordia” cada vez que cometemos un pecado sin tener realmente un deseo de conversión. Debemos entender que Dios, el autor de la vida, nos quiere como somos, pero pide de nosotros un cambio radical de vida. Y para aquellas personas homosexuales, el camino a la reconciliación definitivamente tiene que ser mucho más doloroso. Tratemos de ser luz y guía para nuestros hermanos que desean regresar a casa, sin ofenderlos y dándoles nuestro apoyo y compresión.