Opinión

Sequía, lluvias y terremotos

Alberto Aranguibel B.

@SoyAranguibel

Diario últimas Noticias de Venezuela

Las diez plagas de Egipto (que no fueron siete sino diez), han sido explicadas científicamente como el resultado de las perturbaciones climatológicas desencadenadas por la erupción del volcán Santorini, en Grecia, unos 1.500 años antes de Cristo.

La Iglesia, que no ha desaprovechado jamás la oportunidad de usar los desequilibrios de la naturaleza como argumento para infundir el temor a Dios entre los ignorantes, utilizó muy hábilmente aquellas perturbaciones para darle sustento a uno de los pasajes más delirantes del Antiguo Testamento, en el que Moisés aparece retando reiteradamente al Faraón en nombre de Dios con la amenaza de horrendas calamidades si no liberaba al pueblo de Israel.

La reacción del Libertador en 1812 luego del terremoto que destruyó una gran parte del país, fue precisamente contra ese afán tergiversador de la Iglesia para manipular al pueblo.

No supo jamás la Iglesia explicar cómo era la benevolencia de un dios que obliga a su feligresía a temerle so pena de castigarle con la muerte mediante los más horrendos maleficios. No puede ser bueno quien usa su poder para perseguir y castigar bajo amenaza de tormentos.

Sorprendentemente igual al imperialismo norteamericano, que en su empeño por someter a los países progresistas de Latinoamérica y del mundo, libera las fuerzas de los peores y sanguinarios procedimientos ya no solo bélicos, sino bacteriológicos, climatológicos y hasta geológicos, para impedir a como dé lugar el avance de los pueblos.

No hay como no suponer que en medio de tanta calamidad como la que padecen hoy precisamente las naciones cuyos gobiernos han decidido de manera soberana no responder a ese anhelo norteamericano de dominación económica, social y política, no esté metida la poderosa tecnología del imperio, tal como ya se ha sugerido en infinidad de documentos, investigaciones y reportajes.

El descomunal terremoto de Ecuador, la infernal sequía que afecta a Venezuela y las inundaciones en otros países del continente como Uruguay y Argentina, no pueden deberse exclusivamente al fenómeno del Niño.

Ahí tiene que estar metida la mano de un dios inmisericorde que persigue rendir a los pueblos a sus designios.

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