Opinión

Sentado en la silla

María Cristina Menéndez Neale

cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

 

El viejo lleva algunos años sentado en la silla, al pie de la ventana, contemplando recuerdos, e imaginando experiencias no vividas.

Un día se aburre de evocar siempre lo mismo, y es que su cabeza ya no le deja recordar suficiente. Se aburre también de crear memorias; ya se inventó todo lo que podía. Se aburrió, por fin se aburrió de estar sentado en esa silla de madera cuya pintura se está descascarando.

El viejo quiere levantarse, pero no puede. Está pegado a la silla. Trata de empujarse de ella con las manos, pero sigue sentado sin poder librarse.

Se tira de espaldas al suelo para ver si la silla se rompe, pero sigue intacta. Lo único que gana es un chibolo entre las canas de su cabeza. Gira y se coloca boca abajo, en cuatro, y se levanta. Encorvado, sale de casa.

Deambula por las calles. Las personas lo miran con expresión de horror, mientras que otras sólo apresuran el paso para alejarse de él. El viejo entiende que puede ser raro que lo vean caminando con una silla pegada a él, pero, ¿para tanto?

Llega a un parque y se sienta en su silla debajo de un árbol. Hace mucho tiempo que no veía los árboles; en la calle bajo su ventana sólo veía autos estacionados, es un callejón.

Un perro se acerca y huele las patas de la silla, alza la pata izquierda y mea sobre una de ellas. El señor se levanta asqueado. Camina hacia una pileta, se saca los zapatos y las medias, y se remanga el pantalón para entrar en ella. El agua cubre la parte sucia.  El viejo hunde y saca los pies, luego patalea un poco. Hace tiempos que no sentía el agua.

Siente que alguien le toca el hombro. Es un niño que está sentado al borde de la pileta. Le dice:

–Qué suerte tiene de que no le puedan quitar la silla al sentarse. En la escuela me la quitan todos los días, haciéndome caer al suelo. También me hacen otras cosas –el viejo no le responde, sólo piensa que ya quisiera tener la suerte de ese muchachito.

Sale de la pileta, ignorando al niño, y se dirige hacia la salida del parque. Después de algunos pasos, hace una pausa y se sienta para ponerse las medias y zapatos. Vuelve a sentir que le tocan el hombro.

–¿Qué pegamento usó? Traté con varios pero ninguno me funcionó –pregunta el niño, que se le aparece otra vez. El viejo sólo mueve los hombros hacia arriba y continúa poniéndose los zapatos.

Hay un largo silencio. El niño sigue ahí parado, esperando una respuesta, pero el viejo no sabe qué decirle; no le parece buena idea que un niño tenga que hacer lo mismo que él, todavía es joven, y aunque él es viejo, tampoco quiere quedar como idiota contándole lo que sucedió. Se levanta y está por iniciar su paso, pero algo lo detiene por detrás. Gira la cabeza; el niño está sujetando una de las patas de la silla.

–Le hice una pregunta –le dice el niño.

El viejo mueve sus caderas de un lado a otro haciendo que el niño lo suelte, y lo logra. Se voltea, sentándose frente al chiquillo, y le dice:

–Lo único que hice fue sentarme en esta silla por algunos años. Y hoy decidí levantarme, pero la silla quedó pegada a mi cuerpo, así, solita. Supongo que tendrías que ir a tu casa, elegir una silla que sea bien cómoda y al mismo tiempo puedas cargar con su peso y sentarte en ella por varios años.

–¿Cuántos años?

–La verdad, no llevé la cuenta…

–Suena un poco aburrido. Si me siento por unas cinco horas, ¿servirá? Porque mañana tengo clases y mi mamá no me deja faltar.

–No lo sé.

–Es que si me espero sentado algunos años, todos mis amigos se van a graduar de la escuela, menos yo. Y no podré demostrarles a los que me quitan la silla, que no podrán hacerlo más.

–Capaz tengas que buscar otra manera de que no te la quiten –el niño se queda mudo y baja su cabeza. El viejo siente pena por él y tiene una idea –. Capaz puedas amarrarte a la silla con un cinturón –ahora el niño sonríe.

–Tan claro y, ¡no se me había ocurrido! ¡Gracias! Ahora mismo voy a casa para hacerlo. Pero primero voy a intentar sentarme un par de horas para ver si funciona. ¡Adiós! –el niño sale corriendo mientras que el viejo piensa que los compañeros seguro lo van a molestar al verlo atado con cinturones a una silla.

Se da cuenta que después de todo su situación no está tan mal. Ya está viejo y cansado; la silla le hará bien para descansar durante sus largos paseos, porque a casa no piensa regresar.

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