Opinión

San Luis de Paratinga, de aquí siempre he sido yo.

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Cinco años tengo viviendo en San Luis de Paratinga, un pueblo donde la gente es tranquila. Un pueblo que es visitado de vez en cuando por personas que después de un día de paseo por las calles, no vuelvo a ver más… Un pueblo donde algunos me ignoran, donde unos solo me miran, y donde otros se acercan a acariciarme… aunque hace un largo tiempo que ya no me acarician, y creo que tiene que ver con la picazón; siempre he tenido picazón, y no ha evitado que se me acerquen pero creo que es por la otra picazón, una intensa que tengo sobre unos parches que se me han hecho en todo mi cuerpo… creo que les llaman sarna; algo así dice la gente.

De vez en cuando una anciana me venía a poner un polvo y me quitaba de forma temporal la picazón de siempre, la de las garrapatas y pulgas que cojo cada vez que voy a jugar por el río… pero hace algún tiempo que ya no la veo. En fin, a las personas no parecía importarles cuando veía que éstas saltaban hacia sus cuerpos; pero esta sarna… esto sí que es nuevo y sí parece molestarle a la gente de mi pueblo. Por suerte tengo a Nelson, un amigo mío que me acogió desde que soy chico; él siempre lame los parches y de alguna forma siento que su lengua ayuda a la picazón, pero a cambio, yo también tengo que lamer los parches de él… y no me gusta mucho el sabor que tienen.

Nelson es mucho mayor que yo. Él también es de San Luis de Paratinga pero al igual que yo, tampoco tiene familia; solo nos tenemos él y yo. Nuestro spot principal para estar y dormir, es la glorieta de la plaza principal. A nadie parece importarle, así que eso está bueno, porque aquí nos protegemos de la lluvia. Y cerca, tenemos un restaurante donde un hombre nos pone comida una vez al día sobre un pedazo de papel que la gente suele tener bajo su brazo por las mañanas, o extendido entre sus manos mientras se cubren la cara con éste mientras están sentados en las bancas de la plaza. Olvidé el nombre de ese papel, siempre lo olvido.

Mi vida en San Luis de Paratinga está bien, me gusta mi pueblo…pero a veces necesito algo más que la lengua de Nelson sobre mi cuerpo. Me hace falta que alguien me rasque en lugar de que lo hagan mis dientes; o que me acaricien pero día a día, que alguien me abrace así como he visto a niños o viejos abrazando a sus propios perros, a esos que duermen dentro de sus casas; ¡cómo quisiera ser uno de ellos!

Sé que Nelson también lo anhela… no me lo ha dicho, pero lo sé. Y es que justo hace unos días me di cuenta de que lo anhela tanto como yo…

El otro día apareció una pareja nueva en el pueblo. Parquearon un carro negro al pie de la plaza y caminaron entre los árboles y bancas. La chica me vio a los ojos, y en su mirada sentí algo que lo sentí muy pocas veces, sentí que me quería. A medida que empezó a alejarse de la plaza para desplazarse por las calles, empecé a seguirla, y Nelson siguió mis pasos; él y yo somos inseparables, nunca caminamos solos. Ella se dio cuenta que la seguíamos, y empezó a sonreírnos; no parecía asustada con la tal sarna ni nada, aunque tampoco me tocaba, pero igual me hacía sentir bienvenido.

Hubo un momento de tensión porque Nelson y yo nos adelantamos unos metros delante de ella y su pareja, y cuando nos dimos la vuelta para esperarla desde un poste, ya no estaban. No siempre seguimos a las personas, pero esto para nosotros fue novedoso, que no nos pongan mala cara, sobre todo desde que estamos con los parches. Y bueno… en el fondo era la esperanza de que quieran llevarnos con ellos, ya que acá por mas que mi gente es buena, no nos acoge bajo su techo.

Nelson y yo decidimos darnos la vuelta a la manzana para ver si no habrían decidido cambiar de dirección, no sé… pero el olor de ellos no lo sentimos hasta que llegamos de nuevo por donde habíamos caminado juntos, donde los olimos, y siguiendo su olor, nos dimos cuenta que habían seguido recto. Nelson me dijo que lo más probable es que cuando nos adelantamos, ellos se metieron a alguna tienda, y cuando nos alejamos para buscarlos, ahí ellos habrían salido y siguieron su paseo. En fin, siguiendo su olor, que por cierto el de ella era delicioso; el de él estaba bien pero no como el de ella, los encontramos en el mercado municipal.

Me alegró mucho que cuando nos vieron de nuevo, ella empezó a hablarnos con su sonrisa. Y seguro estaba feliz de vernos, porque las tiendas del mercado estaban cerradas, apenas habían dos puestos de frutas, así que el motivo de su sonrisa tenía que ser nosotros; aparte que con su mano nos hacía una seña de que la siguiéramos. Nelson sentía ganas de que ella lo acoja… su mirada de ese día me recordó cuando hace mucho tiempo, seguimos a un señor extranjero, que también parecía alegrarse con nosotros… bueno, solo con Nelson la verdad, a mí me ignoraba. Cuando el señor regresó a su camioneta, abrió la puerta trasera y le hizo señas a Nelson para que se trepe. Nelson movía su cola, y su mirada le brillaba; caminó unos pasos, pero luego se detuvo para voltearme a ver. Nelson escogió quedarse conmigo.

Esta ocasión parece diferente; ella nos mira a los dos, nos quiere a los dos. Cuando salimos todos juntos del mercado, nos llevamos una pequeña preocupación… a la vuelta de éste, por donde la pareja caminaba, vimos a dos idiotas que siempre nos hacen problema, acostados en la mitad de la calle. Se creen dueños de la calle y no dejan que otros perros pasen en ella, mientras que Nelson y yo nunca nos sentimos incomodados cuando otros perros pasean por la plaza y la glorieta. Tuvimos que desistir de seguir a la pareja, y tratar de encontrarlos luego. No queríamos pelear y menos quedar mal al frente ellos; nos quitaría puntos sobre el hecho de que nos quieran llevar.

Nelson y yo tuvimos que tomar otra ruta lejana, que hizo que los perdamos de vista y nos conformemos con ir al restaurante donde nos dan de comer, para comer, ya que nos habíamos distraído con la pareja y nos habíamos olvidado por completo de nuestro pedazo de carne con arroz.

Regresando a la plaza, los vemos de nuevo. Estaban sentados en una banca, viendo algún aparato rectangular entre sus manos. Cuando nos vieron, los dos me sonrieron, y ella se levantó y se acercó a mí y empezó a lanzarme una pequeña luz con ese aparato que tenía entre sus manos. Esquivé algunas veces la luz, pero luego, cuando vi hacia ella, paró enseguida. Eso era todo al parecer…tenía que verla, aunque sigo sin entender qué era esa luz hacia mis ojos. La chica parecía emocionada de mostrármela, pero me dejaba tan ciego que no podía verla.

Volteé a ver a Nelson que estaba a mi lado para ver si podía entenderla mejor cuando ella le muestre la luz a él, pero ella nunca lo hizo. Nelson al encontrarse con mi mirada, me hizo una seña con su cabeza para que me acerque hacia la banca donde ella se había sentado de nuevo y me acueste cerca de sus pies. Una vez que lo hice, Nelson se fue a recostar detrás de ellos. Empecé a sentirlo raro. Luego se levantó y se fue a descansar en uno de los escalones de la glorieta, dejándome solo, algo que él nunca hace.

La pareja se levantó, y mantuvo su mirada en la mía. De repente ella dirigió su mirada en el hombre y él asintió su cabeza; nos llevarían… o me llevarían. Ellos me hicieron señas con la mano para que los siga hacia el carro. Fue ahí cuando entendí por qué Nelson había regresado a la glorieta. Ellos me querían a mí, y él no iba a entorpecer mi oportunidad de tener un hogar, pegándose a mí… Y yo que estaba tan convencido de que nos querían a los dos… y estoy seguro de que él también pensaba lo mismo al principio.

Moría por irme con ellos, pero no sin Nelson, quien es quien me ha dado un hogar bajo el techo de su glorieta. En su momento apareció alguien por él; ese día fue por mí. Seguro va a aparecer alguien por los dos. Y es que la verdad…de aquí siempre he sido yo, de San Luis de Paratinga.

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