Opinión

CON SABOR A MORALEJA: UN TÍTULO DE POR VIDA

 Bridget Gibbs Andrade
Cuenca – Ecuador
adonairey@hotmail.com

El titular de hoy no guarda ninguna relación con los títulos académicos obtenidos en centros de educación superior. Este título es singular y empírico, aquel del que se adueña una mujer cuando decide ser madre y empieza a desarrollar múltiples roles para los cuales no tuvo preparación alguna. Habilidades que no creía tener, empiezan a emerger. El ingenio e instinto para afrontar y resolver conflictos diarios, así como excepcionales cuotas de paciencia y autocontrol, comienzan a despuntar. Es un aprendizaje nuevo, sin marcha atrás. Los consejos entregados son de gran ayuda, pero no reemplazan la intuición que cada madre guarda en su corazón. Ver crecer a sus hijos con sus ocurrencias y preguntas filosóficas, no solo la maravillan por la candidez tan presente en la niñez, sino que la invitan a conocer el secreto infalible de la felicidad. Ser madre es uno de los grandes desafíos de la vida, un desafío colmado de enormes alegrías.

Ni las madres ni los hijos se eligen. Sin embargo, los lazos de amor que los unen, siempre les harán considerarse los mejores, los más guapos, inteligentes y “buena gente”. Aunque en ocasiones predominen los rasgos paternos, habrá siempre, -por muy pequeña que sea- una cualidad materna que les haga gritar a viva voz: “¡Ese lunar que tengo es igual al de mi mamá!”.

No existe la madre perfecta. Con sus errores e imperfecciones enseña a sus hijos que la vida no es un camino de flores. Que de los errores se aprende y de las imperfecciones también. Si lloran, ella llora; si están felices, ella también lo está; sus triunfos son los suyos; cuando caen, los levanta; si les urge ir a algún lado, se transforma en chofer; si están enfermos, se estrena como enfermera; su primer enamoramiento lo vive con la misma emoción que le embargó años atrás, cuando su corazón quedó obnubilado…

Este “título de por vida” que acompaña a una madre, viene con un cúmulo de sentimientos irremplazables e inolvidables. Una huella imborrable. Sus hijos siempre ocuparán un lugar especial en su corazón; un corazón continuamente abierto al perdón. Un consejo para las mamás jóvenes que a veces se dejan agobiar por la culpa de no ser perfectas: disfruten el trayecto y agradezcan cada paso, cada adelanto, cada abrazo y un te quiero. En una relación de doble vía, ambas partes tienen mucho que aprender.

Un abrazo afectuoso para las madres que día a día motivan a sus hijos a ser lo que son hoy… mi deseo es que este abrazo se extienda hasta el domingo. ¡Feliz día!

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