SABER VIVIR.
Lilian Alarcón Durán Portoviejo/Manabí.
Saber vivir no significa tener una existencia en excelencia, libre de errores, dificultades o tropiezos. Somos seres humanos y como tales, nos equivocamos, caemos, sentimos miedo, nos confundimos y, algunas veces, tomamos decisiones que no son las correctas.
La verdadera grandeza está en reconocer nuestros errores, levantarnos con dignidad, aprender de ellos y volver a la senda que nos conduce hacia una vida basada en valores, principios, fe y espiritualidad.
Es que la vida es una escuela permanente, cada experiencia nos deja una enseñanza y cada caída puede convertirse en una oportunidad para comenzar nuevamente. No debemos avergonzarnos de haber tropezado; debemos preocuparnos cuando, sabiendo que estamos equivocados, decidimos permanecer en el camino que nos daña a nosotros mismos y a los demás.
Esta reflexión la dirijo especialmente a nuestros jóvenes: vivimos en una sociedad donde muchas veces, se presenta el facilismo como una manera de alcanzar el éxito sin esfuerzo: obtener dinero rápidamente, buscar poder sin esfuerzo, conseguir beneficios personales pasando por encima de los demás o creer que todo está permitido mientras nadie lo descubra. Esa falsa idea de éxito puede conducir a caminos equivocados, a la corrupción, a la pérdida de principios y a veces, a una vida delincuencial.
El verdadero éxito no se construye con engaños ni atajos. Se construye con esfuerzo, honestidad, responsabilidad, preparación, disciplina y perseverancia. Nadie debe sentirse menos por comenzar desde abajo con esfuerzo, al contrario, cada paso dado con dignidad tiene un valor que ningún dinero obtenido de manera ilícita puede comprar.
Saber vivir también significa aprender a decir “no”. No a la corrupción, no a la violencia, no a las malas influencias, no a lo ilegal, y a todo aquello que pretende convertirnos en personas que no queremos ser.
La ética debe ser nuestra brújula y la moral, nuestra guía para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
La fe nos ayuda a mantener la esperanza cuando las circunstancias parecen adversas y nos recuerda que nuestras acciones tienen consecuencias y que siempre existe la posibilidad de rectificar.
A los jóvenes me dirijo, no permitan que nadie les robe sus sueños ni los convenza de que para triunfar deben abandonar sus principios. Estudien, trabajen, prepárense, sean solidarios y respeten a los demás. Si alguna vez caen, levántense. Si se equivocan, rectifiquen. Si pierden el rumbo, regresen al camino del bien.
Saber vivir es precisamente eso, caminar con humildad, amar con generosidad, actuar con honestidad, levantarse después de cada caída y conservar la fe. Porque una vida verdaderamente exitosa no se mide solamente por los bienes materiales que tenemos, por los títulos adquiridos, sino por la persona en la que nos hemos convertido y por las huellas de bien que dejamos en los demás.
