Opinión

Ritos y conversión

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

 

Decenas de miles de ramos bendecidos, confesiones y comuniones multiplicadas, procesiones, encuentros en el Culto de la Resurrección, reflexiones en los Salones del Reino, alabanzas musicales y contemplación divina, ayunos y abstinencias y otros ritos religiosos destacaron la semana anterior entre los- creyentes, en una demostración de fe y en medio de pedidos, súplicas, imploraciones y compromisos adquiridos para ver cumplidos determinados propósitos.

Nada para reprochar, todo para aplaudir sobre lo acontecido, cuanto más a la Semana Mayor se agregó otro hecho trascendente: la celebración de los 150 años de consagración del Ecuador al Espíritu Santo, otra prueba de cómo este pueblo confía plenamente en Dios. Las manifestaciones religiosas, sin importar el credo, son también expresiones culturales que merecen respetarse, y lo mismo debe hacerse con aquellos que se proclaman no creyentes o ateos y los que se parecen a ellos, los agnósticos que ni afirman ni rechazan la existencia de Dios

Y tanto para los que sí como para los que no creen, oportuna viene la reflexión alrededor de la trascendencia de no quedarse en lo ritual y pasar a la conversión no entendida únicamente desde el ámbito religioso de adoptar una creencia distinta y sus ritos, sino en la de sentir una transformación positiva y poner en permanente práctica comportamientos que contribuyan a la sana convivencia humana. Pues, circunscritos exclusivamente en la muy deteriorada situación del Ecuador y, por consiguiente, la de su pueblo, moralmente es obligatorio sumar para impedir el colapso total. Debe producirse desde las acertadas decisiones populares en las urnas, provocando la asunción personal de una conducta categórica contra la corrupción en todas sus formas, que lleve a actuar de la misma y mejor forma a la clase gremial y empresarial grande y pequeña, que contamine positivamente a las fuerzas militar y policial, que obligue a ser consecuentes a los organismos de control y a la administración de justicia, hasta llegar al poder gubernamental central sabiendo que no es opcional un excelente e inmaculado ejercicio, sino que es mandatorio e imprescindible.

Que lo vivido religiosamente la semana que terminó no se quede en lo ritual ni en lo que se ha dado por llamar “ateísmo práctico de los cristianos”, porque olvidan pronto sus promesas. Más bien que se ejecute la exhortación del papa Francisco para alcanzar la conversión: “dejar lo falso y lo efímero por la verdad”, que es Dios.