Opinión

Rieles que unieron una pasión

Claudio Campos

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@claudioncampos

En 1967 Esquel recibía pocas noticias de la capital de los argentinos, lugar donde se desarrollaban los eventos más trascendentales del país. El pueblo apenas contaba con 15 mil habitantes que departían su tiempo entre las labores diarias y las costumbres heredadas de las colonias extranjeras que siempre imperaron en el país. Por aquellos años Froilán que era fanático del Club Atlético River Plate conoció a “Icha” en una charla futbolera, quien con el correr de los años se convertiría en ese amigo con el cual no necesita entablar muchas palabras para saber que está pasando, sino que el entendimiento es tan alto que un par de miradas logran cruzar los sentimientos e ideas de turno. Por ese entonces los dos atravesaban los 20 años de edad, motivo suficiente para entender que la aventura estaba agendada en sus proyectos más escondidos. Una tarde fría del mes de mayo, Froilán regresaba a casa de su madre doña Genoveva cuando de repente escucho la bocina de un auto que lo llamaba a detenerse, en aquel vehículo estaban un par de personas, entre ellas su amigo que al acercarse le dijo sin mucho preámbulo, ¿vamos a ver al millo?…

Hoy las distancias son cortas, pero en aquella época Buenos Aires estaba demasiado lejos. La cara de asombro de Froilán cambio cuando “Icha” sin dejarlo responder le aclara, tenemos donde llegar, mi hermana nos espera. La prudencia siempre fue una característica en Froilán que a pesar de que la ilusión invadió sus pensamientos respondió con un tibio, déjame ver que hago, y siguió caminando esbozando una mueca en su rostro hasta llegar a su casa en el barrio “Las Latas”. No pudo ocultar el entusiasmo, detalle que no pasó desapercibido para su hermana Norma que conversaba en la puerta de la casa con su novio Héctor, quien pregunto; ¿y esa cara, te ganaste la lotería?, no para nada, algo mejor, me voy a ver a River Plate lo acabo de decidir, respondió.

El viejo expreso patagónico más conocido como “La Trochita” partió dos días después rumbo a la ciudad que nunca duerme. Un bolso de mano con poca ropa y miles de anhelos acompañaron a aquellos dos muchachos los tres días que duraba atravesar los 2100 km que separan la paz de aquel rincón paradisíaco con la hermosa ciudad de la furia. Los mates infaltables con charlas lentas pero llenas de profundidad amenizaron el trayecto que de a poco fue vislumbrando otro mundo y marcando una huella eterna en la memoria de esa amistad que recién daba sus primeros pasos.

Las luces y el ritmo desenfrenado dieron como aviso que la vida tenía otras velocidades y que también se puede vivir de diferente manera. Froilán en todo momento estuvo atento y guardo como exigencia máxima cada fotografía en sus retinas tratando de elaborar un álbum personal y poder al regreso contarlo en su humilde hogar. Todo llamaba la atención, pero el momento sublime se dio cuando después de tomar el colectivo número 29 que une La Boca con Núñez y los dejo en la avenida Libertador y Udaondo, pudieron divisar a varias cuadras el mítico estadio Monumental que encandilaba con sus luces y del que rugía un murmullo ensordecedor que aun retumba en las almas de los dos esquelenses como si fuera hoy. Esa caminata previa para ingresar fue eterna, pero el instante exacto de subir el último escalón y aparecer en el gran escenario valió la pena y fue como siempre lo habían imaginado, a tal punto que congelo el tiempo por varios segundos descubriendo que los sentimientos que antes llegaban por radio eran tan genuinos como al verlos in situ.

El resultado del partido vs Chacarita quedo en un segundo plano, aquella noche rodeado de miles de personas Froilán pudo reconocer que el afecto a su equipo de fútbol era tan fuerte como el lazo de amistad con Carlos Ichazo, aquel amigo que desinteresadamente le dio la oportunidad de conocer a uno de los amores de su vida.

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