Opinión

REFLEXIONES DE FIN DE AÑO

LILIAN ALARCÓN DURÁN

Portoviejo/Manabí

El final de cada año suele ser un momento de introspección personal y colectiva. En medio de celebraciones y reuniones familiares, los ecuatorianos estamos conscientes que enfrentamos desafíos significativos en términos de corrupción, impunidad y delincuencia. Esta problemática persistente tiñe las reflexiones de cada uno de nosotros a medida que se acerca el cierre del año 2013.

La corrupción se ha convertido en un tema recurrente en el discurso público y político del país. Los escándalos, las denuncias y la falta de transparencia en diversas esferas de estado, ha minado la confianza de la ciudadanía en sus instituciones. El impacto de la corrupción alcanza la calidad de los servicios públicos manejados por los gobiernos seccionales: en la distribución equitativa de recursos, vemos con sorpresa a sus empleados con sueldos impagos por 3 o más meses. ¿Entonces, como es que son autónomos?

En el ámbito político, la corrupción socava la legitimidad de los líderes y las instituciones, la Asamblea y sus asambleístas, varios vinculados a bandas delincuenciales, la falta de rendición de cuentas y la presencia de prácticas corruptas minan la credibilidad en las autoridades, generando descontento y escepticismo hacia el sistema político en su conjunto.

La impunidad, asociada estrechamente con la corrupción, también ha dejado una huella profunda en la sociedad ecuatoriana. El caso METASTASIS, ha sacudido a la sociedad, que siente que los responsables de actos ilícitos no enfrentan consecuencias reales, generando frustración y desconfianza en el sistema judicial. Esto ha llevado a un sentimiento de desesperanza entre los ciudadanos, quienes ven a los señalados en posiciones de poder.

Además, la creciente preocupación por la delincuencia y la inseguridad ha permeado las reflexiones de fin de año.

Los altos índices de criminalidad, los problemas relacionados con el narcotráfico y la violencia callejera han generado temor e incertidumbre en la población. La sensación de vulnerabilidad y la falta de estrategias efectivas para abordar estos problemas han dejado a muchos frustrados sobre el estado de la seguridad en el país.

A pesar de estos desafíos, el final de año sigue siendo un momento de esperanza y renovación, impregnadas de un espíritu de lucha y esperanza por un futuro donde la transparencia, la justicia y la seguridad sean pilares fundamentales para el desarrollo y el bienestar de todos los ecuatorianos. El llamado a una reforma profunda que aborde la corrupción desde sus raíces y que fortalezca las instituciones se hace cada vez más fuerte. El espíritu resiliente del pueblo ecuatoriano se manifiesta en la búsqueda constante de soluciones y en el compromiso por la construcción de un país justo y seguro para las generaciones futuras. ¡Un bendecido 2024 para ustedes mis queridos lectores!