Opinión

RACISMO

Dr Jorge Alberto Norero Gonzaléz/Guayaquil.

 

El episodio de aquella mujer negra que fue condenada por negarse a ceder su puesto a una persona blanca en un autobús encendió una de las grandes luchas por los derechos civiles de los afroamericanos segregados de manera infame en una nación que se proclamaba a sí misma como ícono de la libertad y la igualdad.

Aquel hecho, que parecía imposible de imaginar en una sociedad que pretendía llamarse civilizada, terminó convirtiéndose en uno de los símbolos de la lucha contra la segregación racial en Estados Unidos. Más de setenta años después, sin embargo, resulta doloroso comprobar que la discriminación no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de rostros, de discursos y, en ocasiones, de víctimas.

Hoy son muchas las personas de origen latino, particularmente inmigrantes y mexicanos en Estados Unidos, que denuncian discriminación, hostilidad y persecución asociadas a su origen, su acento, su apariencia física o su condición migratoria. Y mientras algunos enfrentan esa realidad individualmente, otros carecen de organizaciones suficientemente cohesionadas que hagan visible su situación y defiendan de manera sistemática sus derechos.

No se trata solamente de una cuestión jurídica. La discriminación puede producir consecuencias profundas sobre la vida de las personas: miedo, aislamiento, pérdida de autoestima, conflictos familiares, ruptura de vínculos sociales y graves afectaciones emocionales. Cuando una persona comienza a sentirse rechazada simplemente por el color de su piel, por sus rasgos físicos o por el lugar donde nació, la sociedad entera ha fracasado en uno de sus principios fundamentales: reconocer al otro como un ser humano de igual dignidad.

Europa tampoco está exenta de este problema. La discriminación contra personas de origen africano, árabe, latino o pertenecientes a otras minorías demuestra que ninguna sociedad puede considerarse definitivamente vacunada contra el racismo.

Y existe una contradicción todavía más profunda.

El mundo contemporáneo puede rechazar al extranjero en determinadas circunstancias, pero al mismo tiempo convertirlo en protagonista cuando su talento resulta económicamente útil. En el deporte profesional, por ejemplo, jugadores provenientes de África, América Latina, Asia y otras regiones son buscados por clubes y corporaciones cuando sus capacidades representan un valor competitivo y económico.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Por qué el ser humano puede ser aceptado por su talento, pero rechazado por su origen?

El problema no está en que existan diferencias físicas entre las personas. El problema aparece cuando esas diferencias son utilizadas para establecer jerarquías de dignidad.

La historia demuestra, además, que ninguna población posee el monopolio del talento, de la inteligencia, de la belleza, de la capacidad artística o del rendimiento deportivo. El éxito de un atleta no pertenece a una raza: pertenece a una persona, a su esfuerzo, a su preparación y a las circunstancias que hicieron posible desarrollar su talento.

Por eso tampoco debemos combatir un prejuicio creando otro.

La lucha contra el racismo no consiste en sustituir una supremacía por otra. Consiste precisamente en comprender que ninguna raza es superior y ningún ser humano debe ser considerado inferior por haber nacido diferente.

Y aquí aparece una responsabilidad que va más allá de gobiernos, organizaciones internacionales o instituciones de derechos humanos.

Nos corresponde a todos.

No podemos calificarnos de civilizados mientras segregamos, discriminamos o humillamos a otros seres humanos por el color de su piel, sus rasgos físicos, su nacionalidad o su lugar de nacimiento.

Tampoco podemos hablar de libertad mientras millones de personas tienen miedo de ser quienes son.

La civilización no se mide únicamente por sus edificios, sus universidades, sus tecnologías, sus ejércitos o el tamaño de sus economías. Se mide, sobre todo, por la manera en que trata al ser humano que es diferente, al extranjero, al pobre, al que piensa distinto y al que no tiene poder para defenderse.

Yo quiero un mundo en el que podamos vivir en paz.

Pero la paz no significa ausencia de conflictos. Significa aprender a convivir dentro de reglas, orden, disciplina, respeto y reciprocidad.

Quiero una sociedad donde la dignidad no sea privilegio de unos pocos.

Donde nadie tenga que demostrar que merece ser tratado como ser humano.

Donde el color de la piel no determine el valor de una persona.

Porque mientras sigamos mirando primero la raza y después al ser humano, todavía estaremos muy lejos de llamarnos civilizados.

La verdadera igualdad no consiste en que todos seamos iguales.

Consiste en que, siendo diferentes, todos tengamos exactamente el mismo derecho a ser respetados como seres humanos.

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