Opinión

¿Quién ganó?

Dr. Miguel Palacios

 

 

 

 

Han pasado algunos días desde la última protesta nacional.

Los indígenas se autoproclaman como los triunfadores de la revuelta, ya que lograron la derogatoria del decreto que quitaba el subsidio a los combustibles.

Los indígenas no son ni más, ni menos que nosotros.

No son intocables, ni tienen tratos preferenciales ante la ley.

Son tan ecuatorianos como los ecuatorianos negros, cholos, blancos o mestizos. Numéricamente no son la mayoría y carecen de privilegios especiales, ya que su norma de vida igual que la de todos, está regida por los principios establecidos en la constitución de la república.

Sus deberes y derechos son los mismos que los de todos y su raza no los hace diferentes o especiales a todos los que nacimos en este país.

Los infiltrados en las marchas de protestas solo son criminales comunes que fueron pagados para causar el caos, vandalismo y los delitos delincuenciales comunes.

Ellos no ganaron porque tampoco consiguieron tumbar al gobierno y todo lo que dañaron puede ser reconstruido.

Los políticos que trataron de sacar provecho y liderar los movimientos sociales; perdieron como siempre.

Su falta de autenticidad y lo falso que sonaron sus arengas, solo revelaron ante el país la necesidad de un nuevo prototipo de ecuatoriano que necesitamos para dirigir al estado.

Hemos probado de todo.

Caudillos, embaucadores, oportunistas, locos, militares, jóvenes, viejos etc.

Todos son lo mismo con más de lo mismo.

Son ladrones empresariales que se enriquecen con nuestro dinero.

Son los padres de la patria que se alquilan al mejor postor.

Son los auto proclamados representantes del pueblo que traicionan al pueblo para robar.

Todos los oportunistas públicos se han adjudicado el triunfo personal en la cercana desgracia nacional.

Son una caterva de sinvergüenzas a los que no les importa el orden democrático y mucho peor la postergación social de nuestro pueblo.

Son unos desadaptados desalmados que no tienen escrúpulos ni principios de solidaridad humana y peor vocación de respeto para mantener la vigencia del orden democrático constitucional.

No se trata de quienes ganaron; sino de quienes perdieron, y todos perdimos.

Perdimos como nación, como país y sobre todo como sociedad, porque demostramos que no hemos madurado y seguimos siendo una multitud ignorante y manipulada por los perversos cerebros de quienes tienen el dinero para poder hacerlo.