Opinión

¿Qué es una mujer?

María Verónica Vernaza G./ Guayaquil

Estados Unidos es el país modelo para los latinoamericanos. Por algo mueren muchos al tratar de cruzar la frontera para perseguir ese anhelado sueño americano. Y aunque es la principal guía del mundo occidental moderno, también es la guía para muchas cosas inapropiadas que están por llegar al sur del continente.

Matt Walsh, comentarista conservador y padre de familia preocupado por la situación social, acaba de sacar un documental llamado en inglés, ¿What is a woman? (¿Qué es una mujer?) Suena intrigante y descabellado pensar que hoy no podemos tener una respuesta clara de lo que significa ser mujer, ya que la verdad depende de cada uno. Justamente el documental ha salido en los días en que los homosexuales festejan su mes del orgullo, y en apenas seis días después del lanzamiento Walsh indicó que recibió amenazas de muerte.

Matt va de un lugar a otro de Estados Unidos sin poder hallar una respuesta adecuada o convincente, más bien encuentra personas que se molestan con la pregunta ya que la consideran excluyente y algo retrógrada. Olvídense del psicólogo tradicional, ahora tenemos ‘terapistas de afirmación de género’ que aseguran que asignar el sexo de un ser humano recién nacido con solo observar los genitales es una arbitrariedad por parte del doctor.

¿Conocen del término ‘bloqueadores hormonales’? Pues ya son una opción para aquellos adolescentes que no saben a qué sexo -o género- pertenecen. Según alguno de los entrevistados esas hormonas detienen el proceso de crecimiento y es tan fácil dejar de tomarlos cuando ya el adolescente se ha hecho una idea de qué es lo que quiere ser. Sin embargo, los detractores afirman que tienen consecuencias nefastas para la salud, como casos de osteoporosis en jóvenes que no llegan ni a los 18 años. Así, cada niño que convencen es una fortuna para las farmacéuticas.

También entrevista a deportistas mujeres que debieron competir con mujeres transexuales, es decir hombres. La indignación de estas chicas va más allá de lo que se pueden imaginar. Relegadas a un tercer puesto y silenciadas por las autoridades de los establecimientos, no conciben la discriminación en la que se encuentran por el simple hecho de haber nacido mujer. Si no paramos esta situación, no se sorprendan que en un futuro las competencias femeninas desaparezcan de las olimpiadas.

Creerse hombre aunque sea mujer o viceversa es lo de menos. El mundo ya cuenta con seres humanos que se consideran alienígenas, gatos o lobos, que se reconstruyen físicamente para tener el aspecto deseado y que maúllan o gruñen según la realidad en la que desean vivir. Y pobre de aquel que no quiera aceptar esa realidad construida, pues será llamado dinosaurio y llevado a corte.

Pero, gracias a Dios, también podemos escuchar las opiniones de especialistas reales, como Miriam Grossman, Jordan Peterson, Carl Trueman, Debra Soh y Sara Stockton.

Sus comentarios son un bálsamo en todo el sinsentido y el carrusel de locura al que nos lleva Matt. Son esa luz al final del camino que nos asegura que no todo está perdido.

Ahora, el testimonio de Scott Newgent, una mujer arrepentida de realizarse una operación para parecer hombre, es escalofriante. A más de tomar hormonas sintéticas, ha tenido que someterse a 7 cirugías, ella sabe perfectamente que nunca será hombre, y cuenta con lágrimas en los ojos que jamás le explicaron los efectos secundarios de su decisión. Hay que indicar que las personas que se arriesgan a un cambio de sexo tienen un porcentaje muy elevado de cometer suicidio.

Lo mejor de todo es que el documental no es religioso, ni mucho menos. Es completamente de sentido común… aunque este sea el menos común de los sentidos, como lo dijo muy bien Voltaire. Kaylee McGhee, comentarista política y escritora, al ver el documental indicó que «el esfuerzo por borrar la identidad femenina y la verdad objetiva… está dañando a las personas, las familias y las comunidades”, y no es para menos pensar que lo están logrando.

¡Hay que despertar! No pensemos que esas situaciones son lejanas y no van a llegar nunca a nuestro país. La globalización lo está haciendo posible y necesitamos padres de familias conscientes que están jugando con nuestros hijos.