Opinión

Principios eternos

Claudio Campos

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@claudioncampos

Mi vieja Elsa amasaba los clásicos fideos caseros que comíamos todos los domingos, Don Froilán mi papá cortaba el césped del patio mientras que con mis hermanos Bárbara y Diego nos entreteníamos con un juego de mesa. La tranquilidad que rodeaba aquél día se interrumpió de repente cuando recordé que el club San Martin había adelantado el horario de su partido vs Deportivo Gualjaina, y por nada quería perdérmelo.

La obligatoriedad tan valiosa que me impregnaron mis padres de almorzar siempre juntos era el impedimento, y por tal motivo mis ojos se clavaron en el infinito sin mirar nada mientras concebía que excepción aceptarían en casa. Mi hermano me preguntó, ¿Qué te pasa?, ¿qué estás pensando? respondí inmediatamente buscando ideas, juega “el rojo” y vuelve después de la lesión el Pingüino, debemos ir como sea a ese partido exclame.

Ya compartiendo el deseo buscamos en nuestros pensamientos que decirles a nuestros progenitores pero minutos después sin encontrar nada convincente, Bárbara comentó, no den tantas vueltas, hablen con mamá y díganle lo que quieren, ella no va a interrumpir un deseo por disciplina. Las sabias palabras de nuestra hermanita nos ayudaron ya que obtuvimos el permiso, que nos encontró corriendo sin parar cortando camino por los baldíos de nuestro pueblo y así llegar a tiempo al evento que se realizaría en el estadio municipal.

Aquel olor inigualable que desprende el aceite verde típico de un vestuario futbolero, mirar cómo se uniformaban los jugadores y las caricias en la cabeza de nuestro héroe hicieron que vivamos una aventura inmensa dentro de la ingenuidad que nos invadía el tener 7 y 8 años de edad. El juego comenzó y seguimos cada movimiento del “Pingüino” Contreras como propio, disfrutando e intentando imitar aquel personaje que sin proponérselo había logrado que dos chiquilines lo admiren desde su accionar dentro de un campo de juego, por ser elegante y sumamente honrado tatuando en nuestras retinas para siempre el claro ejemplo de que el estilo y la dignidad nunca se pueden negociar.

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